Capítulo 5: Meghan

De camino a casa paramos en un Starbucks porque, de repente, me entra un antojo brutal de algo dulce, y acabo pidiéndome un muffin de Nutella y otro de nueces sin pensármelo dos veces. Después de haber vomitado todo el desayuno, ahora tengo un hambre que roza lo absurdo, como si mi cuerpo estuviera intentando compensarlo todo de golpe.

Josh se pide un café solo con hielo y, como si nada, alarga la mano y me roba un trozo del muffin de nueces.

—Oye, eso es mío —le digo, mirándolo entre divertida y ofendida—. Pídete otro.

—Tienes que aprender a compartir —responde con toda la calma del mundo—. Eso es lo que hacen las madres, ¿no? Dárselo todo a sus hijos, aunque tengan que quitárselo de la boca.

—Quiefefs —le suelto con la boca llena, enseñándole el muffin medio masticado sin ningún tipo de dignidad.

La cara que pone es tan exagerada que no puedo evitar estallar en carcajadas, y tengo que taparme la boca para no escupirle encima. Él empieza a reírse también, y al final acabamos los dos doblados sobre la mesa como idiotas.

Y lo peor es que me encanta.

Nos tiramos más de una hora así, entre risas y recuerdos, hablando de tonterías, de cosas del pasado, de momentos que tenía completamente olvidados. No recordaba lo fácil que era todo con él, lo ligera que me siento cuando estoy a su lado, sin tener que pensar demasiado en nada.

Y no puedo evitar darme cuenta de lo mucho que lo he apartado estos últimos años.

Desde que empecé con Freddy, prácticamente desaparecí, como si todo lo demás hubiera dejado de importar, y ahora, viendo en qué ha terminado todo, no puedo evitar sentirme un poco idiota. Me alejó de la gente que de verdad estaba ahí… pero eso se ha acabado.

Esta vez no.

—¿Nos vamos? —me dice Josh, sacándome de mis pensamientos.

Ya está de pie, con esa forma suya tan natural de dar por hecho que todo está bajo control. Me tiende la mano y, en cuanto la cojo, noto un escalofrío que me recorre entera, rápido, inesperado, como si mi cuerpo reaccionara antes que mi cabeza.

Y eso… no es normal.

O al menos antes no lo era.

Cuando llegamos a su casa, me cambio para estar más cómoda, poniéndome un mini short y la misma camiseta que me dejó anoche. Y claro, eso me lleva inevitablemente a pensar en lo poco que he dormido, porque entre una cosa y otra no he pegado ojo, demasiado consciente de su cuerpo al lado del mío, del calor, de lo cerca que estaba todo el tiempo.

Ha sido una tortura.

Y lo de esta mañana… mejor ni pensarlo.

O peor, porque no puedo dejar de hacerlo.

El simple recuerdo me pone nerviosa, y no precisamente en el mal sentido.

¿Qué me está pasando con este hombre?

Porque esto no es normal.

Seguro que son las hormonas, no puede ser otra cosa.

Se me escapa el mando de la tele de las manos mientras estoy en medio de ese bucle mental y acaba rodando debajo del sofá. Me agacho para cogerlo, pero no llego, así que termino de rodillas, metiendo el brazo todo lo que puedo para alcanzarlo.

—¡Joder!

El grito de Josh me hace dar un bote y levantarme de golpe.

Está cerca de la puerta del baño, completamente quieto, mirando a cualquier parte menos a mí, como si de repente el suelo fuera interesantísimo. Lleva unos pantalones bajos, de esos que se le quedan justo en las caderas, marcando esa línea que, sinceramente, debería ser ilegal, y por un segundo soy yo la que se queda sin saber dónde mirar.

Porque, madre mía.

No lleva camiseta, y eso tampoco ayuda precisamente a mantener la calma.

—¿Estás bien? —le pregunto, intentando sonar normal, aunque claramente no lo estoy.

Se gira de golpe y hace un gesto torpe, como intentando recolocarse disimuladamente, lo cual solo consigue que todo sea aún más evidente.

Vale.

Ahora entiendo cosas.

—Esto… ¿necesitas algo antes de que me vaya al club? —pregunta, con la voz un poco más grave de lo habitual.

—No… creo que no —respondo, aunque mi cabeza va por otro lado completamente distinto.

Y mejor no decirlo en voz alta.

«A ver, Meghan… sois amigos. Punto. Y además estás embarazada de otro hombre, ¿en qué estás pensando?»

Me reprendo a mí misma, aunque no sirve de mucho.

—Vale, voy a darme una ducha —añade rápidamente—. Si necesitas algo, avísame.

—¿No acabas de…?

No me da tiempo a terminar la frase porque desaparece dentro del baño y, un segundo después, el sonido del agua lo llena todo.

Me quedo mirando la puerta, confundida.

Pero si ya se había duchado…

Y pasan los minutos.

Demasiados.

Frunzo el ceño, apoyada en el sofá, intentando no pensar mal… pero, sinceramente, cada vez me cuesta más no hacerlo.

No entenderé nunca a los hombres.

En serio.

Y, por si fuera poco, vuelvo a tener hambre. Otra vez. No sé si esto va a ser así durante todo el embarazo, pero como lo sea voy a necesitar una despensa solo para mí.

Me levanto del sofá y voy directa a la nevera. Cojo una botella de leche, sirope de chocolate y un bote de mermelada. La mezcla es, siendo generosa, cuestionable… pero ahora mismo me parece una idea brillante. Lo echo todo en la batidora, lo mezclo sin demasiadas ceremonias y me sirvo un vaso como si fuera el mejor batido del mundo.

—¿Te vas a tomar eso en serio? —dice Josh desde atrás.

—¿Qué le pasa? Está buenísimo.

Me mira como si acabara de cometer un crimen contra la humanidad.

—Anda, déjame a mí —dice acercándose—.

Y antes de que pueda reaccionar, me aparta de la isla con un leve golpe de cadera que me descoloca más de lo que debería.

—¿Qué haces? —le pregunto, cruzándome de brazos.

—Alimentar a ese pobre niño con comida de verdad —responde sin mirarme—. Siéntate y aprende, pequeña.

No sé si sentirme ofendida o entretenida, así que simplemente me apoyo en la encimera y lo observo. Saca pasta, carne picada, tomates frescos, albahaca… y se mueve por la cocina con una seguridad que, sinceramente, no esperaba.

Y, por alguna razón, eso también me gusta.

Mientras cocina, yo cojo uno de los tomates que ha dejado fuera y le doy un mordisco directamente, sin cortarlo ni nada. Él se gira, me ve, sonríe… y antes de que pueda reaccionar, me lo quita de la mano para darle otro bocado.

—¡Oye! —protesto, haciendo un puchero.

Se ríe, y yo termino recuperando el tomate para darle otro mordisco, más por orgullo que por hambre.

Es absurdo.

Y me encanta.

Adoro estos momentos con él.

Cenamos antes de que tenga que irse a trabajar, hablando de todo y de nada, como siempre. La conversación fluye fácil, sin esfuerzo, hasta que, sin pensarlo demasiado, hago la típica pregunta que no sé muy bien por qué hago.

—Dime… ¿has conocido a alguien desde la última vez que hablamos?

Josh levanta una ceja, claramente sorprendido.

—Peque, de eso hace una semana.

—¿Y? —me encojo de hombros—. Estás muy bueno y eres sexy, dudo que te cueste mucho ligar.

En cuanto lo digo, noto algo raro.

Como si hubiera cruzado una línea invisible.

—¿Tú crees que soy sexy? —pregunta, apoyándose ligeramente hacia mí, con esa media sonrisa que no sé muy bien cómo interpretar.

—Vamos, Josh… mírate —respondo, intentando restarle importancia—. ¿De verdad necesitas que te lo diga?

Su expresión cambia.

No es algo exagerado, pero lo noto. Su mirada se oscurece apenas un segundo, suficiente para que el ambiente deje de ser tan ligero como hace un momento. Deja el tenedor en el plato con calma, pero ya no es exactamente el mismo de antes.

Y entonces me entra la duda.

¿He ido demasiado lejos?

—No —responde al final—. Hace meses que no estoy con nadie.

Hace una pausa breve, como si estuviera decidiendo si añadir algo más.

—Y tampoco es que tenga mucho tiempo. Entre el club y las clases de defensa personal… es complicado conocer a alguien con el ritmo que llevo.

—¿Meses? —repito, sorprendida de verdad—. ¿En serio?

—Sí… —dice encogiéndose ligeramente de hombros—. Ya sabes cómo es esto.

Y no sé por qué, pero eso me descoloca más de lo que debería.

«Y yo pensando que no le faltaban opciones precisamente…»

—Bueno… yo tampoco es que tenga una vida sexual muy activa últimamente —murmuro, sin pensar demasiado—. Desde que… bueno…

Y ahí me paro.

Porque de repente soy muy consciente de lo que estoy diciendo.

Y de con quién lo estoy diciendo.

¿Desde cuándo hablamos de estas cosas?

El silencio que sigue no es incómodo del todo… pero tampoco es como antes.

Desvío la mirada, notando el calor subir por mis mejillas, y tengo la sensación de que, ahora mismo, debo parecer uno de los tomates que me he estado comiendo hace un rato.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App