—¿Te gusta esto, nena? —susurró Drago contra su piel.
Sus gemidos desesperados le decían todo lo que necesitaba saber. El dolor había quedado atrás y en su lugar ardía un deseo salvaje. Ya no tenía control de sí misma. Ahora estaba rendida a sus caricias.
—Se siente increíble... Dios, es demasiado... No pares... —le suplicó Zoey, incapaz de aguantar más.
El calor de su cuerpo la sacó tanto de sí que acabó clavándole las uñas en las caderas firmes. Quería que la embistiera cada vez más fuerte.
—C