Thomas le sonrió al recién llegado. Entendía demasiado bien ese deseo, así que la mirada del desconocido no lo incomodó en absoluto.
—Sí... con permiso —respondió Thomas, y siguió caminando hacia la villa como si todo le perteneciera. Pero el hombre lo llamó desde atrás y lo detuvo.
—Disculpe... Viajo solo. ¿Le molestaría que los acompañara a cenar esta noche?
Thomas sonrió con complicidad al reconocer el deseo crudo en los ojos del desconocido. Impulsado por ese mismo deseo, asintió apenas para