Paulina
Hacía mucho tiempo que no me despertaba en este estado: con los ojos hinchados y la garganta ardiendo.
La poca luz que entraba por la ventana era suave, de esas mañanas grises que no sabes si son consuelo o castigo.
Me quedé un buen rato mirando un punto fijo, sin moverme, escuchando mi propia respiración.
No tenía energía.
Ni siquiera para levantarme.
Ni siquiera para seguir.
Habían sido muchas muertes ya: mi bebé... Aníbal y ahora... mi abuela. Y no era solo dolor por su ausencia. E