Lucile
La habitación olía a humedad y cigarrillos baratos. Ni siquiera eran míos.
El colchón tenía resortes que se clavaban como agujas en la espalda, y la lámpara se encendía a medias, como si también se burlara de mí.
No era el plan.
Nunca fue el maldito plan.
Me limpié el rímel corrido con el dorso de la mano, sentada al borde de la cama, con el cabello desordenado y el vestido rasgado aún puesto. Ni siquiera había tenido tiempo de cambiarme después de la humillación pública.
Después de que