El Hospital Mount Sinai de Miami olía a desinfectante y a silencio. Las luces blancas del pasillo de la planta de traumatología iluminaban el rostro cansado de Vanessa, que llevaba horas sentada en una silla de plástico junto a la cama de Javier. Su hombro izquierdo estaba vendado y sujeto con un cabestrillo, el resultado del violento forcejeo con el intruso. Los médicos habían dicho que era un esguince severo, con algunas fibras musculares desgarradas, pero que no había daño permanente. Una se