Tres semanas habían pasado desde que Marcos Álvarez irrumpiera en la boda de Ignacio y Clara, destrozando la farsa con sus acusaciones. Todos los que conocían la historia pensaron que el medio hermano ilegítimo había desaparecido para siempre, humillado por su fracaso, devorado por su propia codicia. Pero Marcos no era un hombre que se rindiera. Era un hombre que esperaba, que observaba, que tejía sus redes en la sombra mientras sus enemigos se creían a salvo.
La oficina donde se encontraba aho