Ignacio llevaba tres días sin dormir. Tres días sin comer, sin salir de su casa, sin contestar el teléfono. Las cortinas seguían corridas, y el apartamento olía a encierro y a desesperación. La imagen de Vanessa besando a Javier se había instalado en su mente como un veneno que no podía expulsar, y cada vez que cerraba los ojos, la veía: su cuerpo inclinándose hacia Javier, sus labios encontrándose, la forma en que sus dedos se aferraban a la chaqueta de él como si fuera un salvavidas. El dolor