El almacén estaba en una zona industrial olvidada, donde el asfalto se agrietaba y las malas hierbas crecían entre las rendijas del cemento. Héctor llegó en su coche particular, con el bastón apoyado contra el asiento del copiloto y la mirada fija en el edificio de chapa ondulada que se alzaba frente a él. La policía había llegado diez minutos antes, siguiendo la información que su contacto había proporcionado sin hacer preguntas. Cuatro coches patrulla, un furgón y una docena de agentes rodeab