La madrugada se extendía sobre Miami con una quietud inquietante, como si la ciudad misma contuviera la respiración. Ignacio no había dormido. Llevaba horas sentado en la oscuridad de su salón, con el teléfono en la mano y la mirada perdida en el horizonte que comenzaba a clarear. No había vuelto a llamar a Vanessa. No había vuelto a llamar a Sofía. Algo en su interior le decía que las respuestas que buscaba no llegarían por teléfono. Que, si quería la verdad, tendría que salir a buscarla.
Se l