La noche cayó sobre Miami como un manto de terciopelo oscuro, salpicado de luces que parpadeaban en los rascacielos como estrellas caídas en el asfalto. Sofía llegó a su apartamento con las manos aún temblorosas, la fotografía de su hermana grabada en la retina como una herida abierta que no podía cerrar. Cerró la puerta con llave, corrió los cerrojos, revisó las ventanas. Un gesto mecánico, inútil, porque sabía que si Laura quería llegar a ella, ningún cerrojo la detendría. Las paredes de su a