Tres semanas habían pasado desde la gala. Tres semanas de silencio, de distancia, de una rutina vacía que Ignacio llenaba con trabajo y con visitas a Mateo, el niño que creía su hijo. Tres semanas de fingir que todo estaba bien, que la vida seguía su curso, que el dolor que sentía al pensar en Vanessa era solo el precio que debía pagar por haber encontrado a la mujer del vestido azul. Pero las noches eran largas, y el silencio de su casa, que antes le parecía un refugio, ahora era una celda.
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