Liam no durmió bien esa noche. Las palabras del mensaje de Ignacio seguían resonando en su cabeza como una canción pegadiza que no podía sacarse. «No puedo evitarlo». Había algo en esa frase que le molestaba más de lo que quería admitir. No era la declaración de un hombre calculador. Era la confesión de alguien que había perdido el control. Y eso, paradójicamente, lo hacía más peligroso.
Pero Liam no tenía tiempo para pensar en Ignacio. Tenía trabajo que hacer.
Se levantó antes del amanecer, cu