Aquella noche, después de que Vanessa se durmiera, Liam no apagó su tablet. La dejó encendida sobre la mesita de noche, con la pantalla en negro y los auriculares puestos. No estaba jugando. No estaba programando. Estaba escuchando.
El micrófono que su madre había rechazado llevar a la cena seguía en la mesilla de su habitación, pero Liam había encontrado otra forma de vigilar. Días atrás, cuando visitó la oficina de Ignacio por primera vez, había aprovechado un descuido del sistema de segurida