El coche de Vanessa se deslizó por las calles de Miami con las ventanillas bajadas. El aire nocturno le pegaba en la cara, caliente y húmedo, pero no lograba refrescar la ardiente confusión que llevaba dentro. Cada semáforo en rojo le daba la oportunidad de repasar lo ocurrido, y cada vez llegaba a la misma conclusión: Ignacio Montesinos era un hombre peligroso. No porque fuera agresivo o violento, sino porque la desarmaba sin necesidad de armas.
Llegó a su apartamento pasadas las diez y media.