Celine cerró la puerta de su habitación sin hacer ruido. Se apoyó en ella un segundo, respirando hondo. Camino hasta el baño.
El vapor del baño ya llenaba el aire, y su cuerpo aún temblaba por lo vivido. Había cometido una locura. Una hermosa, desesperada, maldita locura.
Se quitó la ropa apresurada, entró en la ducha y dejó que el agua hirviendo le cayera sobre la piel. Como si el calor pudiera borrar las huellas de lo que acababa de hacer.
No había arrepentimiento. Pero sí miedo.
Mientras tan