SANTIAGO CASTAÑEDA
Salí de esa locura antes de que alguien comenzara a acusarme por envenenar a todos. En el auto no solo me esperaba Emilio, sino también Patricio que parecía nervioso.
—Fue Liliana… —susurró con la mirada confundida, entrecerrando los ojos repetidas veces mientras estos seguían las luces de los autos en la oscuridad.
—¿Liliana? —pregunté casi sin voz.
—Ella los envenenó a todos —contestó rascándose la barbilla—. Me pidió que liberara a Rita y dejara una cápsula de veneno en