LILIANA CASTILLO
—¡¿Me vendiste?! ¡No! ¡Por favor! ¡Déjame ir! —exclamé esperando que mi actuación fuera convincente mientras por dentro comenzaba a fastidiarme. Su cabello era demasiado rubio, su parecido con Carl dolía, porque no podía creer que fueran hermanos siendo tan diferentes, y su voz era como deslizar las uñas por un pizarrón.
Entonces la puerta oxidada se abrió y no pude evitar sonreír, pero no por ver quién corría hacia mí con los brazos estirados y lágrimas falsas corriendo por su