SANTIAGO CASTAÑEDA
No estaba listo para lo que iba a ver en casa de mi padre, pero tampoco las lágrimas fluían como me imaginaba. Mi madre, la única que me amó y me protegió, la única que me consoló y que me vio como humano y no como una máquina, ahora ya no estaba. El vacío en mi pecho dolía, pero mis ojos estaban secos.
Alex apretó mi mano queriendo reconfortarme en silencio mientras yo no quería llevarla a la boca del lobo. El auto se detuvo y fui el primero en bajar, rodeándolo para abrir