LILIANA CASTILLO
Entonces descargué una palmada en la espalda de Rita con tanta fuerza que terminó arrodillada ante mí. Con eso fue suficiente para que pudiera respirar y componerse. No había mejor solución para cuando te sacaban el aire.
Carl se acercó en silencio, con paso tranquilo y gesto serio. Cuando estuvo ante mí levantó la mirada, del otro lado de la calle ya me estaba esperando esa camioneta con los hombres armados que le quedaban. Nos habían encontrado y matarían a Carl y a su herma