LILIANA CASTILLO
Sentí que era todo un logro y volteé hacia Julia como si quisiera corroborar que alguien más era testigo de este «proceso de sanación». Julia sonrió orgullosa por Mateo, por mí, y cuando pensé que se uniría a nosotros en la mesa, de pronto apretó los labios y posó sus dedos en su boca.
Lentamente el color de su rostro fue desapareciendo y hasta ojerosa se puso.
—¿Estás bien? —pregunté haciendo que Mateo volteara también hacia ella.
Cuando Julia planeaba responder, terminó co