Mundo ficciónIniciar sesiónCAPÍTULO 6. Vas a querer
Athena no recordaba haber sentido miedo de Audrey. ¡Nunca! Audrey era la persona que la había abrazado cuando lloraba por su madre biológica, la que la peinaba antes del colegio, la que cuidaba de Iris cuando dormía con fiebre. Pero ahora, al verla sujetar aquellos cheques con dedos temblorosos, la expresión rota y la mirada perdida en la alfombra, sintió algo muy parecido al pánico.
—Mamá… —susurró sin poder creer que fuera a permitir aquello—. No me dejes con él. Por favor. Este hombre… este hombre no está bien de la cabeza.
Audrey cerró los ojos como si aquello fuera un puñetazo directo al pecho. Luego la abrazó, un abrazo fuerte y desesperado.
—Athena… mi amor, tienes que ser fuerte —dijo tomando sus manos con expresión desesperada—. Lo hacemos por tu padre. Solo por él.
Y entonces sí que hubo pánico, terror, y la certeza que Audrey acababa de venderla como si fuera un pedazo de carne.
—¡No…!
—De cualquier forma te casarás con él —la reconvino Audrey.
—¡Pero casarme es una cosa y otra muy distinta es…!
—¡Ay, por favor, Athena, no me digas que no sabes lo que hacen las mujeres casadas! —se desesperó su madrastra, soltándole las manos con brusquedad—. Esta es la única forma de salvar a tu padre. Piensa en él, en todo lo que ha hecho por ti. ¡Ningún sacrificio es demasiado!
Athena retrocedió con el rostro desencajado y Audrey la sostuvo por los hombros y la obligó a mirarla a los ojos.
—¿Quieres enterrar a tu padre también? —preguntó en un susurro que dolía por lo real—. Ya enterraste a tu madre. ¿Quieres quedarte completamente huérfana?
Athena sintió cómo se le rompía algo por dentro.
—No… —susurró bajando la mirada, derrotada—. No quiero…
—Entonces sé fuerte —dijo Audrey antes de abrazarla—. Yo… yo voy a encontrar una forma de resolver esto antes de la boda. Cassian no es un animal, solo está enojado conmigo, no te tratará mal.
Athena no respondió. No podía. Porque la mujer a la que había llamado mamá los últimos quince años solo la estaba dejando allí como si fuera un pedazo de carne.
La puerta se cerró… y entonces Athena sintió que la habitación se volvía demasiado pequeña. Se quedó rígida, como si su cuerpo todavía se resistiera a aceptar lo inevitable; y Cassian se movió con calma, como si no hubiera prisa en el mundo. Se acercó a ella despacio, casi estudiándola.—¿Ves? —dijo con una voz tranquila que helaba la sangre—, no fue tan difícil. A veces solo se necesita un empujoncito… o un recordatorio de lo que está en juego.
Y todo, absolutamente todo estaba en juego, comenzando con la vida de su padre. Pero eso no cambiaba el hecho de que estaba aterrada y de que aquel hombre la miraba con una arrogancia que solo los hombres acostumbrados al poder podían permitirse.
Su traje oscuro, impecablemente cortado, se ajustaba a su cuerpo atlético, resaltando el ancho de sus hombros y la fuerza oculta bajo la tela. Una sombra de barba oscura cubría su mandíbula angular, y sus labios se curvaron en una sonrisa que no llegaba a sus ojos, fríos como el acero.
—Quítate la ropa —dijo sin muchas ceremonias mientras caminaba hacia el ascensor y lo bloqueaba para que nadie pudiera subir.
Athena sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones. Sus dedos se aferraron con fuerza a su vestido, y sus uñas se hundieron en la tela con desesperación.
—¿Disculpa? —logró articular, aunque su voz sonó más como un susurro quebrado que como una pregunta—. ¿Quieres que…? ¿Aquí?
Cassian achicó los ojos, mirándola con molestia, como si cada movimiento estuviera calculado para aumentar la tensión en el aire.
—¿Sí entiendes el concepto de follar, verdad? No es como que no lo hayas hecho antes —escupió mientras se quitaba el saco con un gesto fluido—. Aunque asumo que el noviecito ese… Candem… no habrá logrado satisfacerte mucho, o de lo contrario no lo hubieras dejado a las pocas semanas.
Athena se cubrió la boca con las manos, con el corazón latiéndole como si fuera un caballo de carreras. Cassian Wolf lo sabía todo de ella. ¡Absolutamente todo! Candem había sido hacía más de un año. ¿Cómo sabía…?
—¿Quién eres…? ¿Me estabas vigilando? ¿Qué…? ¡¿Quién eres?! —gritó desesperada y Cassian se acercó a ella con pasos felinos, hasta que el calor de su cuerpo se mezcló con el suyo.
Athena podía oler su colonia, algo oscuro y amaderado, con un toque de romero que le erizó la piel.
—Soy el hombre con el que tienes una deuda —gruñó sujetando su barbilla mientas su aliento quedaba muy cerca de su boca—. Ahora, quítate la maldit@ ropa. Quiero ver qué es lo que estoy comprando.
El corazón de Athena golpeó contra sus costillas como un puño. ¿Comprando? La palabra resonó en su mente, ácida, humillante. Pero antes de que pudiera responder, antes de que pudiera encontrar las palabras para rechazarlo, Cassian la levantó por las caderas con un gesto violento y la sentó sobre aquel escritorio de caoba oscura, abriendo sus piernas con un gesto decidido y añadiendo con una sonrisa que era pura crueldad:
—No te voy a forzar. Te vas a acostar conmigo porque quieres, y vas a querer porque las chicas Harrow ahora me deben dos millones y me los van a pagar en especies. O tú… o tu pequeña hermanita Iris. A fin de cuentas ya tiene dieciocho, y estoy seguro de que no tendrá problemas en complacerme. Sigue siendo virgen ¿no?







