A regañadientes, Nasim guardó su ropa en la maleta azul.
El sonido del cierre metálico resonó en la habitación, más fuerte y seco de lo normal. Sonó a sentencia. Marcaba, de manera inevitable, el principio del final.
Aceptó salir de nuestra burbuja, aunque su mirada me decía a gritos que prefería quedarse ahí, en ese rincón donde el tiempo no tenía consecuencias ni pasaporte.
El bar estaba a reventar. Ruido, risas estruendosas, vasos chocando. Todo demasiado vivo, demasiado bullicioso para el