Seguí saliendo con Óscar.
No porque no viera las señales.
Sino porque aún no sabía qué hacer con ellas.
Compartía con sus amigos.
Reíamos.
Todo parecía normal…
hasta que él bebía.
Y entonces cambiaba.
No era celoso en lo cotidiano.
No me controlaba.
No me prohibía nada.
Pero cuando alguien se acercaba demasiado…
algo en él se rompía.
—¿No ves cómo te miran? —me decía.
—Solo están hablando —respondía.
Pero él no escuchaba.
En su cabeza, las historias ya estaban escritas.
Historias donde yo no er