Mundo ficciónIniciar sesiónLuciano nunca me preguntó si quería ir.
Lo dijo como si el destino ya hubiera firmado el contrato. —Nos vamos a España —me soltó una noche, apoyado en el marco de la puerta con esa arrogancia de quien se sabe dueño de la situación—. Necesitas salir de aquí… y yo también. A mis diecinueve años, que un hombre diez años mayor me hablara con esa determinación no me asustó; me deslumbró. Yo no sabía nada del mundo, y él hablaba como si lo tuviera guardado en el bolsillo. —¿Nos vamos? —repetí, con una risa nerviosa. Jamás me había subido a un avión. —Sí. Tú y yo —sentenció. Me miró fijo, con una seriedad que me detuvo el corazón, y añadió algo que en ese momento me pareció la declaración de amor más grande del mundo: —Algún día te vas a casar conmigo. Yo sé lo que quiero. —¿Ah, sí? —le respondí, jugando a no tomarlo en serio, aunque por dentro todo me temblaba. —Sí —reafirmó él sin pestañear—. Y tú también lo sabes. Me hizo sentir elegida. Me gustó que alguien estuviera tan seguro de mí, precisamente porque yo no estaba segura de nada. Luciano tenía una forma de invadir mi espacio que me descolocaba. No pedía permiso; simplemente tomaba lo que consideraba suyo. Acariciaba mi cuello mientras conducía, con una lentitud que me erizaba la piel. Deslizaba sus dedos por mi brazo como si estuviera reconociendo un terreno que ya le pertenecía. Y lo más desesperante era que, hasta ese momento, no me había besado. Jugaba con la cercanía. Me saludaba en la mejilla, pero sus labios rozaban la comisura de mi boca, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento y esa humedad eléctrica que te deja temblando. Me dejaba marcada con su olor, pero me mantenía hambrienta. —Te gusta —me susurró una noche. —No digas eso —intenté defenderme. —Se te nota, nena. Se te nota en cómo tiemblas. A veces quería apartar su mano… pero no lo hacía. No porque no pudiera, sino porque no sabía cómo hacerlo sin que él dejara de mirarme así. El viaje a España fue un torbellino. Luciano no soltó mi mano en todo el vuelo. —Duerme —me dijo con una suavidad que no combinaba con su seguridad. Apoyé la cabeza en sus piernas, sintiendo el roce de su pantalón contra mi mejilla, y me dejé cuidar. O al menos, eso creí. En Madrid, en las discotecas, él era una sombra constante. Cuando bailábamos, me pegaba a su cuerpo con una posesividad que yo confundía con adoración. Si otro hombre se acercaba, él lo miraba con una advertencia silenciosa en los ojos. —Baila conmigo —decía, tomándome de la cintura. No era una invitación. Era una declaración de propiedad. “Después”, respondía él por mí cuando alguien me sacaba a bailar. Y yo… fascinada por su fuerza, guardaba silencio. En ese momento, esa vigilancia constante me sabía a protección. No entendía que el exceso de atención también podía ser la primera capa del control. Luciano no se sentía como un problema. Se sentía como el hombre que me enseñaría a vivir. Yo era una página en blanco… y él tenía la tinta lista para escribir su historia en mí. No era amor. Pero se parecía tanto que mi corazón de diecinueve años no supo notar la diferencia.






