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21 hombres antes de aprender a amar.
21 hombres antes de aprender a amar.
Por: Massiel varela
Prólogo: El final del para siempre/ el que me enseñó a desear y perderme

Tenía 19 años, ya estaba casada… y también divorciada.

Sí, suena absurdo.

A esa edad, yo todavía creía en el amor para toda la vida, en los finales felices y en que ser una buena mujer era suficiente para que un hombre se quedara.

Me equivoqué.

Mucho.

Recuerdo exactamente el momento en que todo cambió.

Una tarde cualquiera, tirada en el sofá de casa de mi mejor amiga Samantha, con el corazón roto y cuatro meses cargando el fracaso de un matrimonio que nunca debió existir.

Fue ahí cuando apareció esa película.

Una donde la protagonista tenía una lista de hombres… y una regla absurda: no más de 21 en toda su vida si quería ser “una buena mujer”.

Nos reímos.

Nos burlamos.

Pero algo dentro de mí hizo clic.

Porque mientras esa actriz buscaba a sus ex por curiosidad… yo apenas llevaba dos hombres en mi vida.

Dos.

Y uno de ellos ya era mi ex esposo.

—¿Te imaginas estar con tantos hombres? —preguntó Samantha entre risas.

—No… —respondí, pero no estaba siendo honesta.

Porque por primera vez… lo estaba considerando.

No como un juego.

No como una locura.

Sino como una decisión.

Esa misma noche entendí algo que nadie me había dicho antes:

Ser fiel, leal y entregarlo todo… no garantiza que te amen bien.

Así que hice algo que cambiaría mi vida por completo.

Decidí que no volvería a enamorarme siendo la misma mujer ingenua de antes.

Decidí que iba a conocer a los hombres.

A entenderlos.

A vivir.

Y que el próximo con el que me casara…

Sería el número 21.

Mi nombre es Paulina.

Tengo 28 años.

Y esta es la historia de todos los hombres que me rompieron… antes de aprender a elegirme a mí.

*********************************

Antes de él, solo había existido uno.

No lo recuerdo con intensidad, ni con culpa, ni con deseo.

Lo recuerdo… neutro.

Como un intento de historia que nunca terminó de empezar.

No fue malo, pero tampoco fue suficiente para enseñarme nada.

Quizás por eso no dejó huella:

porque no me cambió,

porque no me rompió,

porque no me hizo cuestionarme nada.

En ese entonces, yo todavía creía que el amor era algo simple.

Que bastaba con querer bien para que todo funcionara.

Hasta que apareció el número dos.

Luciano.

Medía 1.75, tenía la piel morena y un cabello rizado que invitaba a perder los dedos en él.

Siempre olía increíble; de esos perfumes que se quedan en la ropa y te persiguen cuando te quedas sola.

Sabía hablar.

Muy bien.

—Tú no eres como las demás —me dijo una vez, mirándome como si ya supiera la respuesta que yo todavía no entendía.

Y yo le creí.

Antes de él, yo no pensaba en el sexo.

Sabía lo que, pero no lo entendía.

No lo sentía.

Él no me enseñó a amar.

Me enseñó a desear.

Y eso fue mucho más peligroso.

Recuerdo la primera vez que me miró de esa forma.

No era ternura.

Era algo más directo.

Algo que me hizo sentir vista de una manera que no sabía manejar.

—Relájate… confía en mí —susurró cerca de mi oído.

Y lo hice.

Me gustó más de lo que debería.

Con él, todo era rápido.

Las conversaciones perdían peso frente a la urgencia de su cercanía.

Mi cuerpo reaccionaba sin que yo lo entendiera; dejaba de pensar para empezar a necesitar.

Ahí empezó todo.

Confundí intensidad con conexión,

deseo con amor,

y atención con valor.

No era un hombre cruel.

Pero tampoco era cuidadoso.

Y yo, a mis diecinueve, no sabía la diferencia.

Me adapté.

Aprendí a moverme como a él le gustaba,

a hablar como él esperaba,

a ser lo que hiciera que se quedara.

Empecé a creer que si no había ese fuego abrasador, no valía la pena.

Pero nadie me explicó lo que viene después de la intensidad:

el silencio,

la distancia,

y esa sensación de vacío que te queda aunque no sepas qué falta.

No lo llamé trauma en ese momento.

Lo llamé aprendizaje.

Pero años después, frente a otros espejos, entendí lo que me costó aceptar:

con él no aprendí sobre el amor,

aprendí a perderme dentro de alguien más.

Y lo peor no fue lo que pasó.

Fue lo que se quedó grabado en mis instintos.

Porque desde ese momento, empecé a buscar en todos los demás hombres

lo que él me hizo sentir…

sin darme cuenta de que eso mismo

era lo que me estaba rompiendo.

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