La vida empezó a cerrarse.

Después de esa noche, todo cambió.

Luciano nunca me pidió que fuéramos novios.

No hubo conversación, ni acuerdo, ni preguntas.

Simplemente lo asumió.

Y yo… también.

Regresamos a mi país como si ya fuéramos algo definido.

Salíamos, comíamos, nos veíamos cada vez que podíamos.

Todo se sentía bien.

Fácil.

Como si el camino ya estuviera trazado.

Hasta que una noche decidió dar el siguiente paso.

—Quiero invitar a tu mamá a cenar —me dijo, con esa seguridad que no dejaba espacio para dudas.

Acepté.

Era hija única.

Mi mundo siempre había sido mi mamá.

Y él… lo entendía demasiado bien.

Esa noche fue perfecto.

Atento.

Educado.

Encantador.

Habló con mi mamá como si la conociera de toda la vida.

La hizo reír.

La hizo confiar.

La conquistó.

Y entonces, en medio de la cena, lo dijo.

—Quiero casarme con su hija.

No fue una sorpresa solo para ella.

También lo fue para mí.

Lo miré.

Esperando una señal de que estaba exagerando.

Pero no.

Luciano nunca exageraba.

Él afirmaba.

—Yo sé lo que quiero —añadió, tomando mi mano—. Y la quiero a ella.

Mi mamá sonrió.

Orgullosa.

Tranquila.

Convencida.

Y yo…

dije que sí.

Porque estaba enamorada.

Porque creí en él.

Porque, en ese momento, todo parecía correcto.

Nos casamos poco tiempo después.

Algo sencillo.

Mi familia.

Su hermano, su esposa, su hijo… y algunos amigos que viajaron.

Nada grande.

Nada complicado.

La luna de miel fue en una playa de mi país.

Y por unos días…

todo fue perfecto.

Luego se fue.

Regresó a su vida.

A su empresa.

A su país.

A Madrid.

Y yo me quedé.

Durante seis meses vivimos a distancia.

Al principio, era normal.

Llamadas.

Mensajes.

Correos.

Pero poco a poco…

algo empezó a cambiar.

—¿Dónde estás?

—¿Con quién?

—¿Por qué no contestas?

Al principio lo sentí como interés.

Luego…

como necesidad.

Le decía que estaba en la universidad.

Que estaba en clase.

Que estaba con compañeros haciendo trabajos.

Pero nunca era suficiente.

—Mándame una foto.

Y yo lo hacía.

Sin pensarlo.

Él también me enviaba fotos.

De dónde estaba.

Con quién.

Qué hacía.

Y eso, en mi cabeza, lo justificaba todo.

Así que empecé a ceder.

Dejé de salir tanto.

—No vayas —me decía—. ¿Para qué? Yo no estoy ahí.

Y tenía sentido.

Dejé de ir a fiestas.

Dejé de ver a algunas amistades.

Sin darme cuenta…

empecé a reducir mi mundo.

Hasta que solo quedaron tres nombres:

Samantha.

Rebeca.

Héctor.

Y aun así…

cada vez hablaba menos con ellos.

Cuando faltaba un semestre para terminar mi carrera, Luciano fue claro.

—Esto no puede seguir así.

Y tenía razón.

Pero no en la forma en que yo lo entendí.

—Tienes que venirte a Madrid.

Y fui.

Pensé que era el siguiente paso lógico.

La evolución de la relación.

El comienzo de nuestra vida juntos.

Pero en realidad…

fue el comienzo de mi aislamiento.

En Madrid, todo cambió.

Mis amistades dejaron de existir.

Mi rutina dejó de ser mía.

Y su mundo…

se convirtió en el mío.

Sus amigos eran mis amigos.

Sus planes eran mis planes.

Su vida…

era mi vida.

Al principio, fuimos felices.

O eso parecía.

Hasta que empecé a notar algo.

Los fines de semana, él se iba.

A casa de su madre.

Y yo me quedaba sola.

En un apartamento hermoso.

Setenta metros cuadrados.

Un balcón.

Una mesa.

Un café.

Un libro.

Ese balcón se convirtió en mi refugio.

Al principio, lo disfrutaba.

Después…

empecé a sentir el silencio.

Luego vinieron las lágrimas.

Gritaba contra los cojines del sofá.

Sin saber exactamente por qué.

Empezaron las discusiones.

—¿Por qué no te quedas?

—¿Por qué no puedo ir contigo?

Nunca había una respuesta que me dejara tranquila.

Yo quería seguir estudiando.

Pero el proceso para homologar mis documentos tardaba.

El tiempo pasaba.

Y yo…

me quedaba en pausa.

Un día le dije que quería viajar a mi país.

—No —respondió.

Insistí.

Y su solución fue otra.

—Te inscribí en un curso de idiomas.

Italiano.

Un grupo pequeño.

Solo mujeres.

No lo cuestioné.

Porque ya no cuestionaba muchas cosas.

Hasta que entendí que cada decisión…

no era casual.

Era control.

Y el principio del fin…

llegó disfrazado de solución.

Su hermano tuvo una idea.

—Si tienen un hijo, todo va a mejorar.

—Tu mamá la va a aceptar.

—Y ella dejará de ser la mujer que te alejó.

Y por primera vez…

sentí miedo.

Porque entendí algo que hasta ese momento no había querido ver:

mi vida ya no giraba en torno a mí.

Giraba en torno a él.

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