Mundo ficciónIniciar sesiónNo debería recordarlo con tanta claridad.
Pero lo hago. Como si mi cuerpo hubiera decidido guardar cada sensación… incluso las que hoy no sé si quiero conservar. Después de ese primer beso, el mundo cambió de lugar. Nada volvió a sentirse igual. Ni el aire. Ni la música. Ni él. Luciano me miraba con una intensidad que no era cariño, era un mapa de intenciones. —En mi cabeza, esto era mucho más que un beso —soltó, y su voz sonó como una advertencia. Y quizá fue el alcohol. O quizá fui yo, queriendo entender aquello que no había sentido antes. —Entonces enséñame —le dije, casi sin reconocer mi propia voz—. Si crees que eres el indicado… enséñame. Luciano sonrió. No fue una risa dulce; fue una mueca de malicia evidente, de quien sabe que acaba de ganar una partida. —¿Estás segura? ¿No estás tomada? —insistió, acechándome. Asentí. No dije nada más. No porque no pudiera… sino porque ya había empezado a ceder. Él se acercó. Deslizó su mano suavemente entre mis piernas sin dejar de mirarme a los ojos. De repente, el sonido seco y metálico de la palanca del asiento del Audi me hizo brincar. Corrió la silla hacia atrás, dándole libertad a mis piernas y quitándome cualquier posibilidad de escape. —¿Segura? —repitió por última vez—. Si esto pasa, Paulina, serás mía para siempre. No tuve voluntad para las palabras. Solo asentí, entregando el control antes de que empezara. Lo que pasó después no lo recuerdo por lo que hizo, sino por cómo me desarmó. Luciano se aseguró de que no hubiera nadie alrededor y se arrodilló frente a mí. Empezó a besar mis piernas con una ternura que me erizó la piel, una suavidad que contrastaba con la fuerza que yo sabía que escondía. A pesar de mis miedos, mi cuerpo ya lo deseaba. Fue la primera vez que alguien hacía eso conmigo: Sincero, directo, experto. Por primera vez en mi vida, temblé. No fue un escalofrío; fue un espasmo, una serie de contracciones que mi cuerpo realizó por puro instinto. Llegué al éxtasis sin siquiera haber sido penetrada. Me sentí vulnerable, expuesta y, extrañamente, agradecida. Luciano no dijo nada. Me sacó del asiento delantero y me llevó a la parte trasera del auto. El espacio era reducido, cargado de nuestro aliento y del olor a cuero y noche. Su rostro estaba serio, con esa sonrisa de poder que no buscaba romance, sino dominio. Me acomodó y me mordió el lóbulo de la oreja mientras susurraba: —¿Estás lista? Yo, poseída por el temblor que aún no me abandonaba y con la urgencia de repetir esa sensación, solo pude decir que sí. Fue rico, fue rudo, fue salvaje. No hubo romance, solo una fricción necesaria que me nubló el juicio. Cuando estábamos por terminar, él se detuvo en seco. Se apartó un poco y me obligó a verlo a la cara, exigiendo que mis ojos no se desviaran mientras él llegaba al final. —Eres mía. Eres mía ahora, ¿lo sabes? —sentenció. Yo no respondí; estaba demasiado perdida en el placer como para entender que aquello no era una pregunta, sino una exigencia de propiedad. Él insistió, tirando de mi cabello hacia atrás para exponerme por completo, para que su vista no se perdiera ni un rastro de mi placer o mi sumisión. —Dime que eres mía, Paulina. —Soy tuya, Luciano —obedecí. Y en ese instante, mientras las contracciones me sacudían una vez más entre sus brazos, el placer me hizo creer que ser suya era lo único que importaba en el mundo. Hoy lo recuerdo con una mezcla extraña. No lo niego. No lo romantizo. Pero tampoco puedo borrar el hecho de que… por primera vez, entendí lo que mi cuerpo era capaz de sentir. Y quizá por eso… me quedé.






