Las semanas posteriores a la muerte de Don Tadeo fueron devolviendo lentamente a la casa su ritmo habitual. No porque el dolor hubiera desaparecido, sino porque los animales seguían necesitando alimento, las plantas agua y las personas continuaban llegando al taller, a la escuela y a la mesa de Doña Rosa. La silla del porche dejó de permanecer vacía. Algunas tardes se sentaba Doña Rosa, otras Leonor ocupaba el lugar para leer y, de vez en cuando, Marcos descansaba allí después del trabajo. El b