Los días que siguieron a su unión no fueron como nadie en el pueblo se atrevía a imaginar. Lo que al principio parecía una locura, un trato desesperado o incluso un mal presagio, se transformó poco a poco en una calma que el cañaveral no recordaba haber tenido en mucho tiempo. Julián salía al amanecer hacia los campos con la espalda menos cargada de angustia, y al volver al atardecer no encontraba el silencio frío y vacío que tanto había temido, sino el humo suave del fogón, el olor a café tostado mezclado con hierbas secas, y a Mariana esperándolo en el umbral, con esa quietud suya que parecía apaciguar hasta el viento más fuerte.Al principio, ella se movía con cautela, como si temiera romper algo. No tocaba nada sin preguntar, no hablaba demasiado y se mantenía en un segundo plano, observando todo con esos ojos profundos. Pero Julián le enseñó poco a poco: le mostró dónde guardaban la ropa, le explicó cómo se regaban las matas de plátano al atardecer, le dijo que su voz era bienven
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