Durante varios meses, Gabriel siguió llegando a la casa de Leonor como siempre había hecho: con algún encargo, libros para entregar, herramientas pequeñas o noticias de otros pueblos. Algunas veces se quedaba una noche. Otras apenas tomaban café antes de que él continuara el camino. Leonor se había acostumbrado a su presencia sin organizar su vida alrededor de ella, y precisamente por eso no notó el cambio hasta que una mañana encontró una camisa de Gabriel colgada junto a una de las suyas.
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