Los días siguientes transcurrieron con una calma que se sentía un poco forzada, como si el aire mismo hubiera contenido el aliento esperando algo que todavía no llegaba. Ernesto seguía yendo a la casa cada mañana, siempre temprano, cuando el sol apenas empezaba a teñir de dorado los techos de paja. No llegaba con regalos costosos ni con gestos de grandeza: traía lo que creía que podía ser útil sin llamar la atención —unas semillas de maíz que sabía que daban buena cosecha, unas tablas secas par