Daniel tenía casi cuatro años cuando empezó a preguntar por todo. Quería saber por qué las semillas debían esperar bajo la tierra, por qué Ernesto ya no levantaba piezas pesadas en el taller y por qué Gabriel viajaba llevando objetos que otras personas podían comprar en sus propios pueblos. La familia había aprendido que responder una pregunta solo provocaba otras tres. Una tarde, mientras todos comían en casa de Marcos y Lucía, Daniel miró a Leonor con absoluta seriedad.
Tía.
¿Qué?
¿Dónde está