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CAPÍTULO 17: EL TIEMPO DE LAS DECISIONES

Los días que siguieron fueron extraños, como si el aire mismo hubiera cambiado ligeramente. El hombre, cuyo nombre era Ernesto, volvió al día siguiente, pero no llegó con prisas ni exigencias: trajo unos dulces que sabía que le gustaban a su madre, unas telas suaves para Mariana y un pequeño juguete de madera para el niño. Se sentó en el borde del porche, habló poco y escuchó mucho, con esa humildad de quien sabe que tiene mucho que recuperar y nada que reclamar.

Al principio la gente del pueblo murmuraba más fuerte que nunca: unos decían que él vendría a llevarse a Mariana a una vida de lujos, otros que había venido a reclamar tierras o bienes que decía que le pertenecían, y unos pocos aseguraban que todo era una mentira y que solo buscaba algo que ganar. Pero Ernesto no hacía caso a los comentarios. Cuando iba al mercado, saludaba con respeto, preguntaba por las familias y nunca se presentaba como alguien superior a nadie.

—No soy nadie especial —decía con sencillez si alguien le preguntaba—. Solo soy un hombre que perdió mucho tiempo y que ahora intenta recuperar lo poco que pueda.

En casa, las cosas iban tomando su propio ritmo. Mariana no se apresuraba a llamarlo “padre”, pero tampoco le cerraba la puerta. Le hacía preguntas sobre su madre, sobre cómo se conocieron, sobre las cosas sencillas que compartían. Y cada respuesta le ayudaba a armar el rompecabezas de su propia historia, sin rencor pero sin olvidar lo que había vivido.

—Ella solía cantar cuando preparaba la comida —le contó Ernesto una tarde con los ojos brillantes—. Y decía que algún día su hija tendría esa misma voz dulce.

Mariana sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—A veces yo también canto bajito cuando estoy sola —admitió—. No sabía por qué.

Julián observaba todo con calma. No se ponía celoso ni trataba de apartarla de él: sabía que ella necesitaba cerrar esa etapa para poder estar en paz consigo misma. Pero también le recordaba cada día, con hechos y palabras, que su lugar estaba allí, que era amada y que nadie venía a cambiar lo que ya era sólido.

—Tómate todo el tiempo que necesites —le dijo una noche mientras miraban dormir a Marcos—. No hay prisa. Lo que tú sientas es lo único que importa. Y pase lo que pase, yo estoy contigo.

Don Tadeo, por su parte, iba suavizando su postura poco a poco. Al principio lo miraba con desconfianza, recordando el sufrimiento de su hermana. Pero al ver que Ernesto no mentía, no presionaba y respetaba cada límite que le ponían, empezó a hablar con él de vez en cuando, aunque siempre con seriedad.

—Si la haces llorar otra vez —le dijo una vez mirándolo a los ojos—, no importa de dónde vengas ni quién seas: yo mismo te sacaré de aquí.

Ernesto bajó la cabeza.

—No volveré a hacerle daño. Eso se lo juro por la memoria de Leonor.

Pero no todo iba a ser tan tranquilo como parecía. Una mañana llegaron dos hombres bien vestidos, desconocidos para todos, preguntando por Ernesto. Eran parientes lejanos de su familia, y le dijeron que tenía que volver, que los negocios lo necesitaban y que no podía quedarse allí “perdiendo el tiempo”.

—Ya cumpliste con tu curiosidad —le dijeron delante de todos—. Ahora vuelve a tu lugar.

Ernesto los miró con firmeza, algo que no había mostrado en mucho tiempo.

—Mi lugar ahora es aquí, con mi hija y mi familia —respondió—. Y no me iré hasta que ella me diga que ya no me necesita. Si los negocios me esperan, que esperen. Porque esto es lo único que realmente me importa.

Los hombres se fueron molestos, y esa misma tarde los rumores se hicieron más fuertes: decían que problemas mayores venían, que su familia no permitiría que se quedara, y que pronto habría conflictos que afectarían a todos.

Mariana escuchó todo y luego miró a su padre, que estaba preocupado pero decidido. Se acercó a él y le tomó la mano.

—No tienes que quedarte si eso te trae problemas —le dijo—. Pero si decides quedarte, entonces tendremos que estar todos unidos. Porque ahora nosotros también somos tu familia.

Ernesto la miró con gratitud y asintió. Pero esa noche, mientras todos descansaban, Julián y él hablaron a solas.

—Sea lo que sea que venga —le dijo Julián—, lo enfrentaremos juntos. Pero quiero que sepas una cosa: ella se queda aquí. Conmigo, con su hijo y con la gente que la ha cuidado. Tú eres bienvenido, pero nadie decide por ella.

Ernesto le estrechó la mano con fuerza.

—Lo sé. Y te agradezco que la hayas cuidado tan bien cuando yo no pude.

Pero la paz que habían recuperado empezaba a sentirse frágil. Nadie sabía qué intenciones tenían esos parientes, ni hasta dónde llegarían para llevarse a Ernesto o para intentar cambiar las cosas. Y en el fondo, todos sabían que la verdadera prueba apenas comenzaba.

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