La cama estaba cubierta por la seda carmesí del vestido que Aleksei había elegido. No era una prenda; era una declaración de propiedad. Victoria lo miró en silencio mientras él se desabrochaba los puños de la camisa, con los nudillos aún enrojecidos por lo que fuera que hubiera estado haciendo en el nivel inferior de la mansión.
El aire en la habitación era espeso, cargado con el olor a su colonia áspera y el sutil rastro metálico de la adrenalina.
—Levanta los brazos —ordenó él. Su voz era baj