El dolor es un maestro cruel, pero enseña rápido.
Me quedé arrodillada en la penumbra de la suite durante horas, con los ojos clavados en la pantalla negra del teléfono satelital que descansaba sobre el tocador. Mi respiración era lenta, inusualmente calmada. La tormenta que debía estar destrozándome el pecho se había congelado de golpe.
Me había vendido.
Aleksei Volkov me había devorado, me había puesto un candado en el cuello, me había marcado la cadera con su maldita tinta, y todo el tiempo,