El silencio en la inmensa suite se había vuelto espeso, pesado por el peso de la revelación y mis propios sollozos.
Mis rodillas cedieron y me derrumbé sobre la alfombra gris. El dolor de la traición de mi padre no fue un corte limpio; fue un veneno ácido que me deshizo por dentro. Me abracé a mí misma, curvándome sobre el suelo, temblando mientras el llanto desgarraba mi garganta. Había vendido mi alma, había jugado a ser un monstruo, me había arriesgado a que Aleksei me matara... todo por un