El silencio de la taiga siberiana era ensordecedor.
Llevaba dos días encerrada en la inmensa suite de la fortaleza Volkov. Dos días en los que no había visto el rostro de Aleksei. Mis comidas llegaban en un carrito de plata empujado por mujeres de rostros severos que no pronunciaban una sola sílaba en español ni en inglés.
Cada hora que pasaba era una aguja clavándose en mi cordura. Me la pasaba frente al ventanal de triple grosor, abrazándome a mí misma, viendo caer la nieve incesante sobre lo