FarahA media mañana, después de una sesión de estudio intensa donde demostré mi independencia técnica al resolver un modelo que incluso Henderson habría envidiado, decidí subir una foto a mis redes sociales. Era una imagen de mi escritorio lleno de libros, mis nuevos bolígrafos de gel y una taza de ese café con canela.Escribí: «Recuperando el control. Los datos no mienten, y el café correcto ayuda a ver la verdad».Apenas cinco minutos después, mi teléfono vibró. Una notificación de Instagram apareció en la pantalla: A alaric_grimaldi le ha gustado tu foto.Dejé el teléfono sobre la mesa de madera, pero mi mirada seguía anclada en la pantalla que acababa de oscurecerse. Ese pequeño corazón rojo, esa notificación de alaric_grimaldi, se sentía como una descarga eléctrica. Para cualquier otra persona, un like era un gesto insignificante, un movimiento mecánico del pulgar mientras se pierde el tiempo en internet. Pero para Alaric, el hombre que consideraba las redes sociales como un pat
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