FarahLa mañana del viernes se sentía diferente, vibrante. Decidí que, tras semanas de auditorías intensas y tensiones corporativas, necesitaba un respiro antes de mi gran cita. Me tomé el día libre en la empresa y conduje hasta el barrio de Alina. Necesitaba a mi amiga, necesitaba una voz que no hablara de márgenes de ganancia ni de logística.En la pequeña sala de Alina, el tiempo parecía haberse detenido. Afuera, el ruido del tráfico y la vida acelerada del barrio humilde continuaban, pero dentro, el vapor de las tazas de café creaba una burbuja de intimidad. Dejé la taza sobre la mesa ratona, dejando escapar un suspiro que llevaba guardado desde hacía días.—A veces me miro al espejo en esa mansión, Alina, y no me reconozco —comencé, sintiendo la voz un poco quebrada—. Me veo envuelta en telas caras, manejando presupuestos de millones de dólares y durmiendo al lado de un hombre que parece sacado de una portada de revista. Pero luego... llega una noticia como la de Sweeney y vuelvo
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