FarahUnos golpes secos en la puerta me sacaron de mi trance. Di un respingo, casi dejando caer el teléfono donde la foto de Sweeny Fox aún brillaba con una claridad acusadora. Con el corazón martilleando contra mis costillas, bloqueé la pantalla, me alisé la bata de seda con manos temblorosas y abrí.Se me cortó el aliento.Frente a mí no estaba el magnate de trajes de tres piezas, el hombre blindado por telas italianas y una actitud de superioridad aplastante. No. Alaric vestía unos pantalones de lino y una camiseta de punto oscuro que se ajustaba a su torso con una obviedad insultante, revelando una estructura física que yo siempre había intuido bajo los sacos, pero que ahora se presentaba sin filtros. Se veía relajado, casi joven, con el cabello ligeramente revuelto como si se hubiera pasado las manos por él con frustración.Al ver mi cara de absoluta estupefacción, Alaric arqueó una ceja y dejó escapar una media sonrisa cargada de ironía. Ese gesto, tan suyo, fue lo único que me
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