Capítulo 29: El Regreso

Alaric

El regreso de la casa de campo a la ciudad no fue como los viajes anteriores. Ya no había un silencio pesado ni miradas evitativas al volante. Al cruzar el umbral de la mansión, el aire se sentía distinto; la propiedad ya no me parecía una fría estructura de mármol y reglas de etiqueta, sino un hogar que empezaba a llenarse de pequeñas rutinas compartidas.

Los días siguientes se convirtieron en un flujo natural de conversaciones infinitas. Lo que antes eran cláusulas de un contrato rígido ahora eran debates sobre el mejor tipo de café o proyecciones sobre el mercado asiático mientras desayunábamos juntos. Salir de la empresa al mismo tiempo ya no constituía una estrategia logística para mantener las apariencias frente a los empleados, sino una necesidad mutua. Nos buscábamos con la mirada en los pasillos y, sin necesidad de articular palabra, ambos sabíamos que el coche no arrancaría hasta que los dos estuviéramos a bordo.

Era jueves por la tarde. Caminaba por el pasillo acristalado de la planta de proyectos, con la clara intención de pasar a buscar a Farah por su oficina para irnos a casa. Sin embargo, antes de llegar, Ronan apareció de la nada, con una revista de papel satinado bajo el brazo y una expresión de urgencia que rara vez mostraba.

—Alaric, tenemos que hablar. Ahora —dijo Ronan, tomándome del brazo y arrastrándome de vuelta hacia la oficina presidencial.

Una vez dentro, lanzó la revista sobre el escritorio. Era una publicación de sociedad, de esas que viven del cotilleo de las altas esferas. En la columna de chismes, un titular resaltaba con letras descaradas: "El regreso de la heredera: Sweeney está de vuelta en el país".

—Ya lo sabía, Ronan —dije, sentándome con calma tras mi escritorio sin siquiera tocar el papel—. Recibí un informe de seguridad hace dos días. No es relevante para la empresa.

—¿No es relevante? —Ronan se pasó una mano por el pelo, claramente alterado—. Alaric, yo estuve ahí cuando se fue. Recuerdo esos años. Esa mujer fue un terremoto en tu vida. ¿Estás seguro de que estás listo para que la prensa empiece a comparar a tu prometida con ella?

Cerré mi computadora con un clic seco y miré a mi amigo. Durante años, la sola mención de Sweeney evocaba el recuerdo de una alianza perfecta en papel, un activo estratégico que mi padre había aprobado y que prometía consolidar un imperio. En aquel entonces, yo pensaba en socios, en linajes y en la continuidad de un apellido. 

Pero el cálculo había fallado. Sweeney no era más que el reflejo de un sistema corporativo donde las personas se evalúan por su rendimiento de capital; una mujer que, ante la primera tormenta financiera entre nuestras familias, eligió la retirada táctica y la lealtad a su propio patrimonio.

Observé el titular una vez más, pero esta vez no sentí el frío latigazo del orgullo herido ni la sombra de un remordimiento. La idea de ver a Sweeney de nuevo, ya fuera en los círculos de negocios o como una potencial socia en futuras fusiones, carecía por completo de sentido operacional. Mi visión del futuro había cambiado drásticamente. Mi padre me enseñó a buscar iguales en los balances de situación, pero Farah me había demostrado que la verdadera fuerza reside en una mente brillante, indómita y profundamente leal a sus propios principios. 

Sweeney pertenecía a la vieja estructura que yo mismo había desmantelado; era un componente obsoleto, una figura decorativa de un mundo de apariencias al que ya no pertenecía.

—Han pasado muchos años, Ronan —respondí, y esta vez mi voz no buscaba la frialdad defensiva del pasado, sino la certeza absoluta de quien ha reestructurado sus prioridades—. Mis intereses han cambiado y mi concepto de lo que valoro, también. Sweeney no es una amenaza ni una socia potencial; es un dato del pasado, y yo no tomo decisiones basadas en archivos obsoletos.

Ronan me observó en silencio, analizando el aplomo de mis palabras.

—Lo que tengo ahora con Farah no es una transacción —continué, ponerme de pie y ajustándome el saco—. Es real. Sweeney podrá volver al país, pero en mi futuro y en el de Grimaldi & Co., ella no tiene ningún lugar que ocupar.

Dejé a Ronan en la oficina y caminé a paso firme hacia la oficina de Farah. Al verla a través del cristal, concentrada frente a las pantallas con la firmeza que la caracterizaba, supe que no había marcha atrás. Mi futuro ya no se medía en fusiones familiares, sino en la mujer indomable que me esperaba al final del pasillo.

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