El sol entraba a raudales por las ventanas del despacho, iluminando cada rincón del escritorio de caoba que antes siempre me había parecido un lugar frío y distante. Ahora, con la luz de la mañana bañándolo todo, se veía cálido, acogedor, como el hombre que estaba detrás de él. Ethan terminó de firmar el último documento, dejó la pluma sobre la mesa con un gesto deliberado y se recostó en el respaldo del sillón, soltando un suspiro largo y profundo, como si con ese aire saliera de su pecho todo el peso de años de obligaciones, de silencios, de ser quien no era. Me miró desde el otro lado del escritorio, y esa sonrisa que ahora le nacía con facilidad, sin esfuerzo, sin máscaras, se dibujó en sus labios, iluminando sus ojos oscuros.—Terminé —dijo, y su voz sonó ligera, libre, como si por fin pudiera respirar de verdad—. Reestructuré todo. Las empresas que mi padre dirigía con mano de hierro, sin mirar a quién lastimaba, ahora funcionan de otra forma. Más justa. Más humana. Y lo hice pe
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