Mundo ficciónIniciar sesiónTres días después de aquella noche en el sofá, Renato me anunció que teníamos una cena de gala. No era una sugerencia, era una orden ejecutiva disfrazada de invitación.
—Es el evento anual de la fundación de mi padre —dijo, mientras me entregaba una elegante caja de terciopelo negro. —Asistirán los jueces del tribunal, los socios comerciales y la prensa. Necesito que estés a mi lado y que actúes como si esto fuera absolutamente real.
Abrí la caja, dentro había un vestido azul noche de seda, con un escote discreto pero de un gusto impecable. Era hermoso, pero también se sentía como una trampa dorada.
—¿Y si me niego a ir? —pregunté, aunque la respuesta flotaba en el aire.
—Entonces tú no podrás salvar tu centro y yo no podré retener a Leo. —Su voz fue plana, despojada de cualquier emoción. —Esa es la naturaleza de los contratos, Mireya, cumples o pierdes.
Cerré la caja y asentí en silencio, no tenía elección. Esa noche, al ingresar al imponente salón de eventos, fuimos recibidos por un mar de luces doradas y sonrisas ensayadas. Yo llevaba el vestido azul, el cabello recogido en un peinado alto y unos zapatos de tacón que ya comenzaban a lastimarme los pies. Sin embargo, no era el dolor físico lo que me abrumaba, sino el peso de las miradas de los invitados y los murmullos maliciosos a nuestro paso.
—¿Quién es ella? —escuché susurrar a una mujer de la alta sociedad.
—Dicen que se casaron en secreto. —Debe ser una aventura pasajera. Un hombre del estatus de Renato Varela no se casaría de la noche a la mañana con cualquiera.
Sintiendo mi rigidez, el brazo de Renato rodeó mi cintura con una firmeza imprevista, pegándome a su costado. Su calor me atravesó la seda del vestido, alterando mi pulso.
—Sonríe —murmuró rozando mi oído con sus labios. —Nos están observando.
Obedecí de inmediato, aunque mi sonrisa se sintió acartonada. La cena transcurrió entre platos gourmet sofisticados y conversaciones superficiales.
Renato dominaba el arte de los negocios con los socios, mientras yo me limitaba a asentir y fingir interés. Todo marchaba según el plan, hasta que un hombre mayor, de cabello completamente blanco y una mirada cargada de astucia, se aproximó a nuestra mesa.
—Renato —dijo el hombre, exhibiendo una sonrisa falsa y tensa. —Veo que has cumplido con el bendito requisito del tribunal. Te felicito.
—Tío Ernesto —respondió Renato, y su voz se transformó instantáneamente en un bloque de hielo. —No sabía que asistirías.
—No podía perderme este espectáculo. —El tío Ernesto me barrió de arriba abajo con desdén. —Así que tú eres la flamante esposa. Supongo que ya sabes que mi sobrino siempre ha sido un témpano... un hombre frío. Me da curiosidad saber qué te hizo aceptar este matrimonio tan repentino.
Un escalofrío me recorrió la nuca, su tono pretendía ser cortés, pero destilaba un veneno evidente.
—Renato me ofreció una oportunidad muy importante —respondí, forzando a mi voz a sonar inquebrantable. —Y yo decidí tomarla.
El tío Ernesto soltó una risa seca, un sonido desagradable.
—¿Una oportunidad? ¿O un contrato de conveniencia? He visto demasiados arreglos de este tipo, querida. Mujeres que se venden por un fajo de billetes y un techo lujoso. Pero dime una cosa, ¿qué pasará cuando se cumpla el año? ¿Qué va a pasar con el pobre Leo?
El nombre del niño me golpeó directo en el pecho, disipando cualquier rastro de timidez.
—¿Qué está queriendo decir con eso? —inquirí, y mi voz se tensó de golpe.
—Solo digo que una mujer con un contrato firmado no es una madre, y un hombre que ni siquiera puede recordar su propia infancia tampoco está capacitado para ser padre. —Se inclinó hacia mí, bajando la voz con crueldad. —Yo vi crecer a Renato, sé perfectamente lo que su padre le hacía, y sé que ese niño merece algo mejor que una farsa montada por el juez.
Renato se puso de pie con una violencia contenida. El impulso fue tal que su silla cayó hacia atrás, impactando contra el suelo y atrayendo las miradas de las mesas contiguas.
—Tío, sal de mi vista ahora mismo —sentenció Renato, con una furia sorda que me congeló la sangre.
—Me voy, me voy —dijo Ernesto con total lentitud, acomodándose el saco. —Solo quería asegurarme de que supieras que yo también solicitaré una audiencia con el juez. Y le diré detalladamente todo lo que sé.
El tío Ernesto se retiró con paso lento, dejando un silencio incómodo y destructivo a su alrededor. Renato levantó la silla de un tirón rústico, me tomó rígidamente del brazo y me guió hacia la salida sin mirar a nadie. Sabiendo que los fotógrafos nos vigilaban, mantuvimos la compostura hasta cruzar las puertas del recinto.
Solo cuando estuvimos resguardados en la penumbra del auto, con las puertas cerradas y los vidrios polarizados aislándonos del mundo, el muro de Renato colapsó por completo. Apoyó la frente contra el volante, con el rostro pálido y las manos temblando de una manera que jamás creí ver en él.
—¿Qué es lo que él sabe? —pregunté en un susurro, rompiendo la densa atmósfera del vehículo.
—Sabe que mi padre me golpeaba, sabe que mi hermana era la que me protegía —confesó, y su voz firme se quebró por primera vez. —Sabe que yo no recuerdo casi nada de mi vida antes de los diez años, y que el psicólogo del tribunal puede usar esa amnesia para tacharme de inestable y quitarme al niño. Ernesto tiene razón, Mireya, no soy apto.
—No, no la tiene —dije, y la contundencia de mis propias palabras me sorprendió. —Tener un pasado roto o lagunas en la memoria no te convierte en un mal padre. Lo que te convertiría en un mal padre sería rendirte y no protegerlo, y tú lo estás dando todo por Leo.
Renato giró la cabeza despacio para mirarme. En la oscuridad del auto, sus ojos ya no tenían la mirada del empresario calculador, reflejaban el pánico desprotegido de un niño.
—¿Por qué me defiendes de esa manera? —murmuró, confundido. —No tienes ninguna obligación de hacerlo, esto es solo un trato financiero.
—Porque cuando defiendo el futuro de Leo, también te estoy defendiendo a ti —las palabras brotaron de mi boca sin filtros, directo del corazón. —Porque sé perfectamente lo que se siente estar completamente solo en el mundo y porque... —me detuve en seco, tragándome el aire al notar la peligrosa cercanía de nuestros rostros. —Por nada, él no logró descifrar el final de mi frase, pero un destello de profunda turbación cruzó sus ojos grises.
Se me quedó mirando fijo, analizando mis facciones, y por primera vez articuló la pista que cambiaría todo.
—Tu voz... —susurró Renato, acercándose un centímetro más, atrapado en su propia confusión. —Cuando hablaste con esa firmeza para defenderme... por un instante tu voz me sonó a un eco lejano. A algo que creí haber perdido hace muchos años.
El corazón me dio un vuelco violento. El pasado estaba llamando a su puerta y el miedo a que me descubriera me paralizó. Me aparté sutilmente, rompiendo el hechizo antes de que el contrato estallara en pedazos.
El trayecto de regreso a la mansión transcurrió en un mutismo absoluto, pero ya no era un silencio incómodo, sino uno cargado de verdades invisibles que flotaban entre los dos.
Al llegar, confirmamos que Leo dormía plácidamente. Renato me escoltó hasta la entrada de mi dormitorio y, justo antes de que yo girara la perilla, apoyó su mano sobre la madera, deteniéndome.
—Gracias —dijo, con una voz ronca que resonó en el pasillo desierto. —Por defenderme ante Ernesto, y por... no haberme mentido hoy.
—No te he contado toda mi historia, Renato —respondí con honestidad, clavando mis ojos en los suyos. —Pero ten por seguro que lo que sabes de mí hasta ahora, es real.
Él asintió lentamente y se retiró hacia su parte de la casa. Entré a mi habitación y me apoyé contra la puerta cerrada, presionando una mano contra mi pecho agitado. La línea del contrato se estaba borrando demasiado rápido entre nosotros, y el abismo que se abría a nuestros pies comenzaba a darme terror.







