Narrado por FrancescaEl rugido del motor del Macchi M.B.326 no era un sonido, era una fuerza de la naturaleza que vibraba directamente en mis huesos. A las seis de la mañana, el cielo sobre Turín era una franja limpia de color azul acero, teñida de un rosa herido en el horizonte. Ajustada en el asiento delantero de la cabina, con las manos enguantadas firmes en la palanca de mandos y los pies en los pedales del timón, sentí por primera vez en meses que el peso de mi farsa desaparecía. Allí arriba, el rígido vendaje de lino que aplastaba mi pecho y el dolor sordo de mis costillas fisuradas no importaban. El aire no sabía de géneros, de leyes de 1952 ni de apellidos ilustres. El aire solo reconocía la destreza.Detrás de mí, en la cabina trasera, la presencia de Alessandro Rossi era un ancla de tensión constante a través del intercomunicador.—Estabilice el morro, Vitali —su voz llegó por los auriculares, limpia, cortante, desprovista de la vulnerabilidad de la noche anterior—. Está as
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