Mundo ficciónIniciar sesiónNarrado por Francesca
El rugido del motor del Macchi M.B.326 no era un sonido, era una fuerza de la naturaleza que vibraba directamente en mis huesos. A las seis de la mañana, el cielo sobre Turín era una franja limpia de color azul acero, teñida de un rosa herido en el horizonte. Ajustada en el asiento delantero de la cabina, con las manos enguantadas firmes en la palanca de mandos y los pies en los pedales del timón, sentí por primera vez en meses que el peso de mi farsa desaparecía. Allí arriba, el rígido vendaje de lino que aplastaba mi pecho y el dolor sordo de mis costillas fisuradas no importaban. El aire no sabía de géneros, de leyes de 1952 ni de apellidos ilustres. El aire solo reconocía la destreza.
Detrás de mí, en la cabina trasera, la presencia de Alessandro Rossi era un ancla de tensión constante a través del intercomunicador.
—Estabilice el morro, Vitali —su voz llegó por los auriculares, limpia, cortante, desprovista de la vulnerabilidad de la noche anterior—. Está ascendiendo demasiado rápido. Mantenga las revoluciones en la línea verde. No se distraiga con el paisaje.
—Entendido, Capitán —respondí, forzando la ronquera de mi voz, aunque por dentro sonreía.
Teníamos media hora de vuelo perfecto. Habíamos dejado atrás las cuadrículas de la base militar y nos adentrábamos en una ruta de entrenamiento que bordeaba las estribaciones montañosas, una zona densa y abrupta donde la vegetación salvaje escalaba las laderas como un mar de un verde oscuro e impenetrable. El avión respondía con una docilidad hermosa, obedeciendo a cada sutil presión de mis dedos. Por un instante, me permití creer que el cielo era mío.
Entonces, el destino decidió cobrarse el precio de mi osadía.
Un crujido metálico, seco y violento, resonó en la sección trasera del fuselaje, seguido de una vibración espantosa que hizo temblar todo el panel de instrumentos. De inmediato, la aguja de la temperatura del motor cayó en picado hacia la zona roja y una densa bocanada de humo negro, con un penetrante olor a aceite quemado y queroseno, comenzó a filtrarse por las rejillas de ventilación de la cabina.
—¡Falla en el compresor! —exclamé, la adrenalina disparándose en mis venas mientras las alarmas anaranjadas empezaban a parpadear en el tablero.
—¡Tengo los mandos! —rugió la voz de Alessandro por el intercomunicador, perdiendo toda la parsimonia militar. Sentí la palanca sacudirse bajo mis manos mientras él intentaba desesperadamente corregir la pérdida de sustentación—. El motor se está ahogando, Vitali. No hay presión de aceite. ¡Intente el reencendido de emergencia!
Mis dedos se movieron con rapidez frenética por los interruptores del panel, siguiendo de memoria los protocolos que tanto había estudiado en los manuales. Cortar flujo, accionar arrancador, abrir paso... Nada. El motor emitió un gemido agónico, una última explosión sorda, y se detuvo por completo. El silencio que siguió fue aterrador, roto únicamente por el silbido violento del viento contra el plexiglás de la cúpula. El avión, transformado de golpe en un trozo de hierro muerto de varias toneladas, comenzó a perder altitud de forma alarmante, cayendo hacia el denso manto de vegetación salvaje que se extendía abajo.
—No arranca, señor. El motor está destruido —informé, manteniendo la calma a duras penas mientras el suelo se aproximaba a una velocidad vertiginosa.
—No hay espacio para planear hasta la base militar. Tampoco hay terreno despejado —la voz de Alessandro sonaba extrañamente calmada a través del intercomunicador, la calma de un hombre acostumbrado a mirar a la muerte a los ojos, pero detecté un hilo de urgencia inédito en él—. Olvídese de la eyección, Vitali. A esta altitud y sobre esa arboleda, los paracaídas nos dejarían colgados de las copas o nos matarían contra las rocas. Vamos a meter este pájaro entre los árboles. Busque un claro, lo que sea. ¡Sostenga la palanca conmigo, ahora!
Los dos unimos nuestras fuerzas en los mandos. El Macchi caía planeando de forma inestable, rozando las primeras copas de los árboles más altos. El crujido de las ramas contra el duraluminio del ala izquierda sonó como una ráfaga de ametralladora. El parabrisas se cubrió de hojas rotas y savia pegajosa, nublando casi por completo nuestra visibilidad.
—¡Levante el morro! ¡Levántelo! —gritó Alessandro.
Tiré de la palanca con todas las fuerzas que me quedaban, ignorando el dolor lacerante que estalló en mis costillas lesionadas, las cuales protestaron violentamente ante el esfuerzo supremo. El avión impactó contra el dosel forestal de forma brutal. El ala derecha se enganchó contra el tronco de un pino centenario, desgajándose por completo en una lluvia de chispas y metal retorcido. El fuselaje giró sobre su propio eje, barriendo la maleza y los matorrales en una frenética carrera de desaceleración que pareció durar una eternidad, hasta que chocó de frente contra un enorme talud de tierra y raíces, deteniéndose en un impacto seco que me arrojó violentamente contra los arneses de sujeción.
La oscuridad me cubrió por unos segundos.
Cuando abrí los ojos, el silencio de la selva montañosa era abrumador, roto solo por el goteo constante de fluidos calientes y el siseo del metal enfriándose. El parabrisas estaba destrozado. Me desabroché el arnés con manos temblorosas, tosiendo por el humo residual.
—¡Vitali! ¡Francesco! ¡Responda, maldita sea! —la cúpula trasera se abrió con un estallido y vi a Alessandro saltar del fuselaje. Tenía una brecha sangrante en la frente y el uniforme desgarrado, pero se movía con una agilidad desesperada. Llegó hasta mi posición, rompiendo lo que quedaba del plexiglás con sus manos enguantadas para alcanzarme—. ¡Francesco!
—Estoy... estoy viva, Capitán —conseguí articular, quitándome el casco de vuelo.
Alessandro no esperó. Me tomó por las axilas y me izó con una fuerza descomunal fuera de la cabina destrozada, cargándome en vilo mientras se alejaba a zancadas del avión, temiendo una explosión inminente debido al combustible derramado. Me depositó con extrema delicadeza sobre un lecho de musgo y helechos gigantes, a unos veinte metros del siniestro, en mitad de la vegetación densa e indómita.
En cuanto me dejó en el suelo, me di cuenta del desastre. Al salir de la cabina, mi pie izquierdo se había enganchado en una de las estructuras metálicas retorcidas. Un dolor agudo, ardiente y punzante recorrió mi tobillo de forma ascendente. Solté un gemido ahogado de puro dolor físico, hundiéndome las uñas en la tierra húmeda.
Alessandro se arrodilló de inmediato a mi lado. Su rostro, cubierto de hollín y sangre, reflejaba una expresión que jamás le había visto en la academia: una preocupación pura, cruda, casi frenética que iba mucho más allá del deber de un oficial superior por su subordinado. Sus manos temblaban de forma visible mientras desabrochaba con prisa los cordones de mi pesada bota militar.
—Déjeme ver —pidió, y su tono de voz ya no era el del severo instructor, sino el de un hombre aterrorizado por la posibilidad de que estuviera gravemente herida. Retiró la bota con extremo cuidado. El tobillo ya comenzaba a hincharse de forma alarmante, adoptando un color amoratado—. Está doblado. Es un esguince severo, Vitali. No hay fractura expuesta, gracias a Dios, pero no va a poder caminar en unos días.
Se quitó la chaqueta rota del uniforme, se arremangó la camisa y comenzó a rasgar la tela interior de su propia prenda para improvisar un vendaje compresivo. Mientras envolvía mi tobillo con movimientos firmes pero increíblemente suaves, levantó la mirada gris hacia mí. Sus ojos examinaron mi rostro palidecido, deteniéndose en mis labios que temblaban por el dolor.
—Es usted un milagro viviente, ¿lo sabe? —susurró Alessandro, y vi cómo tragaba saliva con dificultad, intentando calmar el temblor de sus manos al rozar mi piel desnuda por encima del calcetín—. Pensé... por un segundo, cuando el ala se desprendió, pensé que lo perdía. Pensé que este maldito bosque iba a ser su tumba.
—El acero se quiebra, Capitán, pero yo soy más dura que el avión —intenté bromear, aunque me salió una mueca de dolor. Sentir sus dedos cálidos y firmes cuidando de mí de esa manera, en mitad de la nada, provocaba un cortocircuito en mi mente.
—Cállese, Vitali. No intente ser ingenioso ahora —respondió, aunque no había ira en sus palabras, solo una inmensa sensación de alivio.
El día transcurrió de una forma lenta, pesada y primitiva. Estábamos completamente aislados, incomunicados en medio de una densa selva de montaña donde los pinos y la vegetación rastrera bloqueaban cualquier visibilidad desde el aire. Alessandro intentó activar la radio de emergencia del Macchi, pero el impacto contra el talud de tierra la había reducido a un montón de cables calcinados e inservibles. Sabíamos que en la base militar notarían nuestra ausencia de inmediato y activarían los protocolos de búsqueda, pero dadas las condiciones del terreno y la densidad del bosque, el rescate no llegaría hasta el día siguiente, en el mejor de los casos. Estábamos solos.
Alessandro demostró la eficiencia pragmática de su entrenamiento de supervivencia. Utilizando trozos del fuselaje del avión y ramas caídas, construyó un pequeño cobertizo rudimentario para protegernos de la humedad del suelo. Recolectó agua limpia de un arroyo cercano y limpió la herida de mi tobillo con paciencia infinita, manteniéndose siempre a una distancia prudencial, como si temiera que el más mínimo contacto prolongado desatara la misma tormenta que habíamos vivido en el gimnasio.
Sin embargo, al caer la noche, la selva se transformó en un entorno hostil y gélido. La temperatura descendió de golpe y la oscuridad se volvió absoluta, rota únicamente por el resplandor de la pequeña fogata que Alessandro había logrado encender con los restos de la batería del avión y hojas secas. El humo ascendía perezosamente entre las copas de los árboles, bloqueando las estrellas.
Nos refugiamos en el interior del pequeño cobertizo de ramas, sentados uno al lado del otro sobre el suelo cubierto de hojas para conservar el calor corporal. El silencio de la noche era denso, interrumpido solo por el crujido de las brasas de la fogata. La cercanía física era inevitable. Podía oler el aroma de su piel, el sudor del esfuerzo mezclado con el humo de la madera y la loción cítrica. El ambiente comenzó a cargarse de una tensión insoportable, la misma corriente peligrosa que veníamos arrastrando desde Turín, pero esta vez exacerbada por el aislamiento y la vulnerabilidad de la supervivencia.
Alessandro mantenía la mirada fija en las llamas, con la mandíbula apretada y los brazos cruzados sobre el pecho. La herida de su frente ya había dejado de sangrar, pero le daba un aire aún más rudo y salvaje bajo la luz titilante del fuego.
—No debió haber forzado ese reencendido en el aire, Vitali —dijo de pronto, rompiendo el silencio con una voz áspera, cargada de una brusquedad defensiva que me pareció un intento desesperado por restablecer las distancias—. Si hubiera seguido mis órdenes de nivelar el morro un segundo antes en lugar de revisar los interruptores por su cuenta, habríamos tenido más altitud para buscar un claro mejor. Su maldita arrogancia casi nos cuesta la vida hoy.
Me giré hacia él, ofendida por la injusticia de su acusación. La fatiga, el dolor insoportable de mi tobillo y la opresión de las vendas en mi pecho me tenían al límite de mis nervios.
—¿Mi arrogancia? —repliqué, y mi voz se elevó en un tono cortante, olvidando por completo la sumisión militar—. El compresor estalló, Capitán. El motor estaba muerto antes de que yo tocara un solo interruptor. Hice exactamente lo que el manual estipulaba y mantuve la calma mientras usted se limitaba a maldecir por el intercomunicador. Si entramos en este bosque y salimos vivos, fue porque sostuve esa palanca con la misma fuerza que usted. Así que no intente culparme de un fallo mecánico solo porque le molesta admitir que dependió de mí para no estrellarse contra las rocas.
Alessandro se giró de golpe hacia mí, con los ojos grises destellando con una furia salvaje bajo el resplandor anaranjado de las brasas.
—¡No tolero que me hable en ese tono, recluta! —rugió, acercándose tanto que pude sentir el calor febril que emanaba de su rostro—. Le salvé la vida hoy. Lo saqué de esa cabina antes de que estallara en llamas y he pasado todo el día cuidando de su maldito tobillo doblado mientras usted solo se dedica a desafiar mi autoridad. Debería mostrar un poco de respeto por el hombre que lo mantiene con vida en este bosque.
—¡Yo no le pedí que me cuidara! —le grité de vuelta, la frustración desbordándose por completo en un torrente de palabras—. No le pedí que fuera mi héroe ni que rasgara su uniforme para vendarme. Estoy harta de sus cambios de humor, Rossi. Un día me besa en un cobertizo bajo la lluvia, al día siguiente me ignora en el comedor como si fuera una aberración de la naturaleza, y ahora me culpa de un accidente aéreo porque tiene miedo. Tiene un miedo espantoso de estar aquí afuera, a solas conmigo, sin sus galones, sin sus oficiales y sin las estúpidas reglas de la academia que le permiten esconderse de lo que realmente siente.
—¡Cállese la maldita boca, Vitali! —Alessandro me sujetó con fuerza por los hombros, sus dedos de hierro hundiéndose en mi uniforme con una desesperación que rozaba la locura. Su respiración era un jadeo violento, agitado, que golpeaba directamente contra mis labios—. ¡No sabe nada de lo que siento! ¡No tiene la menor idea del infierno en el que he estado viviendo desde que llegó a Turín!
—¡Entonces demuéstremelo! —lo desafié, con la voz rota por la emoción, las lágrimas de rabia y dolor acumulado brillando en mis ojos oscuros. Estábamos tan cerca que el aire entre nosotros parecía quemar—. Deje de esconderse detrás de ese maldito uniforme de honor y sea un hombre de verdad por una vez en su vida. ¡Dígame que me odia o... o hágame callar de una vez!
La provocación funcionó como un detonante en una santabárbara llena de pólvora.
Alessandro Rossi soltó un gruñido ahogado, un sonido animal, desgarrador y preñado de una necesidad contenida durante meses. Sus manos abandonaron mis hombros para subir con brusquedad hacia mi rostro, acunando mis mejillas con una fuerza salvaje que me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás. Vi cómo la última barrera de su estricta disciplina militar, de su matrimonio por conveniencia y de su orgullo de oficial se pulverizaba por completo en sus pupilas grises, las cuales se oscurecieron hasta volverse casi negras bajo la luz agonizante de la fogata.
Se inclinó sobre mí con la impetuosidad de un caza en picado y estrelló sus labios contra los míos.
Fue un impacto devastador, un beso salvaje, hambriento y desesperado que me robó el aire de los pulmones mucho más de lo que jamás lo habían hecho las vendas de lino. Ya no había confusión, ni timidez, ni el sutil roce milimétrico del gimnasio; era la entrega absoluta de un hombre que se estaba ahogando en su propio deseo y que finalmente reclamaba su balsa de salvación en mitad del naufragio. Sus labios, calientes y agrietados por el frío de la montaña, se movieron contra los míos con una posesividad feroz, abriéndolos a la fuerza para saborear la rendición que ambos veníamos buscando desde el primer día que nuestras miradas se cruzaron en la pista de aterrizaje.
Gañí contra su boca, no de dolor por el tobillo ni por las costillas, sino por la tremenda intensidad de la descarga eléctrica que me recorrió el cuerpo, haciéndome temblar de pies a cabeza. Mis manos, actuando por un instinto propio y salvaje que ya no respondía a la farsa de Francesco, subieron por su pecho desnudo de chaqueta, enredándose con desespero en su cabello oscuro y desordenado, tirando de él para pegar su cuerpo aún más contra el mío en mitad de la penumbra del cobertizo.
Alessandro respondió intensificando el beso con una furia renovada, metiendo la lengua con un hambre insaciable que me hizo perder por completo la noción de la tierra, del cielo y del peligro mortal de mi secreto, fundiéndonos en un solo ser bajo el cobijo de la noche salvaje.







