Mundo ficciónIniciar sesiónNarrado por Francesca
El hangar asignado para los dormitorios comunales era un lugar frío, amplio y carente de cualquier rastro de privacidad. Filas interminables de literas de metal con mantas de lana áspera se ponían a lo largo de las paredes de piedra. El eco de las risas rudas, los golpes de los petates contra el suelo y el crujido de las botas militares llenaban el aire. Arrastré mi pequeña maleta hasta la litera del fondo, la más cercana a una ventana rota por donde se colaba el gélido viento alpino. La prefería de inmediato; estar en una esquina me daba una mínima ventaja para proteger mi espalda y, sobre todo, para resguardar mi secreto.
Dejé la maleta sobre el colchón delgado y me senté, tratando de recuperar el aliento en la intimidad de mi rincón. El pecho me seguía doliendo por el implacable vendaje, pero no podía permitirme mostrar ni una pizca de debilidad. A mi alrededor, los demás reclutas ya se desvestían sin pudor alguno, quedando en ropa interior para acomodarse o ponerse el uniforme de fatiga. Sentí un vuelco violento en el estómago y desvié la mirada hacia el techo, fingiendo un desinterés absoluto mientras una gota de sudor frío me bajaba por la nuca. Tenía que evitar a toda costa las duchas comunes; tendría que buscar el momento en que todos durmieran para poder asearme o ajustar mis vendas en el baño.
—¡Vitali! —un grito áspero interrumpió mis pensamientos.
Era el mismo suboficial de la entrada, que me señalaba con el dedo índice desde el umbral del hangar.
—El Capitán Rossi quiere verte en su oficina. Ahora mismo. Muévete, recluta.
Se me heló la sangre en las venas. Los murmullos de los soldados que estaban cerca cesaron al instante, reemplazados por miradas de burla y de compasión. En la academia, recibir un llamado del Capitán en el primer día solo significaba una cosa: problemas graves.
Tragué saliva, me ajusté con fuerza la chaqueta militar y caminé a paso firme hacia el edificio de administración. Cruzó el pasillo de madera pulida que olía a cera y a tabaco, hasta detenerme frente a una imponente puerta de roble oscuro. Golpeé tres veces con los nudillos, conteniendo la respiración.
—Adelante —resonó una voz profunda, firme y cortante desde el interior.
Empujé la puerta y entré, adoptando de inmediato la posición de firmes con los pulgares pegados a la costura del pantalón, tal como había visto hacer a los demás soldados allá afuera.
El Capitán Alessandro Rossi estaba de pie junto a un gran ventanal que daba directamente a la pista de aterrizaje, de espaldas a mí. La luz de la tarde recortaba su silueta impecable; sus hombros anchos y su postura rígida transmitían una autoridad que parecía casi mítica. Se dio la vuelta con una parsimonia exasperante, sosteniendo entre sus dedos la hoja de inscripción de mi hermano Francesco. Sus ojos grises, gélidos y analíticos, se clavaron en mí con una intensidad tan cruda que me hizo sentir completamente desnuda.
Durante varios segundos, el silencio en la oficina fue ensordecedor. Solo el tic-tac de un reloj de pared rompía la tensión que amenazaba con aplastarme. Alessandro caminó lentamente hacia su escritorio de caoba, arrojó el papel sobre la madera y apoyó ambas manos en la superficie, inclinándose hacia el frente.
—¿Sabe por qué está aquí, Vitali? —preguntó, arrastrando las palabras con una calma peligrosa.
—No, señor —respondí, forzando la voz para mantener el tono grave y rasposo que tanto me costaba ensayar.
Alessandro entrecerró los ojos. Se enderezó y comenzó a caminar en círculos alrededor de mí, como un depredador evaluando a su presa antes de atacar. Mantuve la mirada fija en la pared del frente, pero podía sentir la abrumadora cercanía física del hombre, el olor a loción de afeitar cítrica y a cuero de su chaqueta que emanaba de él a cada paso.
—He revisado los expedientes de todos los nuevos ingresos. El de su hermano, Francesco Vitali, mencionaba a un joven de complexión robusta, con experiencia en las milicias locales de Turín. Y lo que tengo frente a mí... —Alessandro se detuvo justo a un costado de mí, observando de reojo mis facciones demasiado finas, el cuello delgado que sobresalía del uniforme y mis manos que, aunque curtidas, eran notablemente pequeñas—. Lo que tengo frente a mí es a un muchacho que parece que se rompería en dos si lo azota una ráfaga de viento en la cabina. Tu voz suena falsa, tu porte es lamentable y no tienes el físico para soportar las fuerzas G de un caza de combate.
Mi orgullo, ese que había heredado de mis días lidiando con clientes arrogantes en el taller de mi padre, se encendió de inmediato. Olvidé por un segundo el miedo y giré la cabeza para mirarlo directamente a los ojos, un acto de insubordinación supremo en el ejército.
—El tamaño de los músculos no pilota un avión, Capitán —repliqué, con una firmeza que hizo que a Alessandro se le tensara la mandíbula—. Conozco la aerodinámica, sé cómo funciona la presión del aire sobre las alas y puedo armar y desarmar el motor de un Alfa Romeo o de un Fiat con los ojos cerrados. Mis capacidades teóricas y técnicas están por encima de la mitad de los idiotas que están allá afuera riéndose en el hangar.
Alessandro dio un paso al frente, acortando la distancia entre ambos a escasos centímetros. Pude ver las pequeñas líneas de tensión alrededor de sus ojos grises y la rigidez de su boca. Noté cómo se le tensaba la postura, como si algo en mi mirada lo perturbara profundamente.
—¡Cuidado con su lengua, recluta! —rugió Alessandro, perdiendo la paciencia—. En esta academia yo soy la ley. No me importa lo que crea saber de motores. La aviación es para hombres de acero, no para niños débiles con delirios de grandeza que pretenden jugar a ser héroes. No me gusta tu actitud, no me gusta tu aspecto y no te quiero en mi academia.
—Tengo un documento oficial firmado que me avala, señor. Tengo el derecho de estar aquí —lo desafié, sosteniéndole la mirada sin parpadear.
Alessandro soltó una risa seca, carente de humor, y se cruzó de brazos.
—¿Un derecho? Esto es el ejército, Vitali, aquí no existen los derechos. Déjame dejarte algo sumamente claro: no sé qué pretendes viniendo aquí, pero voy a vigilar cada uno de tus pasos. Voy a ser tu peor pesadilla. Te asignaré las tareas más pesadas, los turnos nocturnos más desgastantes y te exigiré el triple que a los demás en la pista. Buscaré el más mínimo error, el desliz más insignificante en los entrenamientos físicos o en las pruebas de vuelo.
El capitán se inclinó un poco más, dejando que su aliento rozara mi mejilla, lo que hizo que se me acelerara el pulso de una manera que nada tenía que ver con el miedo.
—Haré todo lo que esté en mi poder para sacarte de esta academia, Vitali. Te haré suplicar por volver a tu casa antes de que termine la quincena. Te romperé el orgullo hasta que empaques tus cosas y te largues. Puedes darte la vuelta y marcharte ahora, o quedarte y sufrir las consecuencias. Tú decides.
Sentí el peso de la amenaza, pero la idea de regresar a Turín, a los brazos de Pietro Bianchi y a una vida de sumisión, era mil veces peor que cualquier infierno que este capitán pudiera crear para mí. Apretó los dientes, di un golpe con las botas y saludé militarmente.
—No pienso irme a ninguna parte, Capitán Rossi. Nos vemos en la pista.
Alessandro se quedó estupefacto ante mi osadía. Con un gesto rápido de la mano, me ordenó retirarme:
—¡Fuera de mi vista!
Di media vuelta y salí de la oficina, cerrando la puerta tras de sí. Una vez en el pasillo, me apoyó contra la pared y dejé salir el aire que tenía retenido, con el corazón golpeándole con violencia mi pecho vendado. La guerra estaba declarada. El capitán Rossi quería destruirme, pero yo estaba dispuesta a todo para demostrarle que el cielo no le pertenecía solo a los hombres.







