Mundo ficciónIniciar sesiónNarrado por Francesca
El olor penetrante a alcohol antiséptico y yodo fue lo primero que me devolvió la conciencia. Abrí los ojos con lentitud, pero la intensa luz blanca que colgaba del techo me provocó un pinchazo de dolor en la sien, obligándome a parpadear con fuerza. No estaba en el suelo frío del sótano. Me encontraba tendida sobre una camilla estrecha, con una sábana blanca cubriéndome las piernas.
Un pánico repentino me golpeó directo en el pecho y me incorporé de golpe, arrepintiéndome al instante cuando un dolor agudo y lacerante en las costillas me hizo soltar un gemido ahogado. Me llevé la mano al torso con desesperación. Para mi infinito alivio, la camisa del uniforme seguía puesta, aunque desabotonada en el cuello, y el rígido vendaje de lino permanecía intacto bajo la tela. Respiré aliviada, limpiándome una gota de sudor frío de la frente. Mi secreto seguía a salvo por muy poco.
—Si yo fuera usted, recluta, no me movería de esa camilla. Tiene dos costillas severamente fisuradas.
La voz profunda, grave y cargada de una tensión contenida llegó desde la esquina más oscura de la pequeña enfermería. Giré la cabeza con brusquedad, soportando el mareo.
Sentado en una silla de madera, con las piernas cruzadas y los brazos tensos sobre el pecho, estaba el Capitán Alessandro Rossi. Su uniforme de gala lucía ligeramente desarreglado, con el cuello de la camisa desabrochado, y sus ojos grises, usualmente gélidos, brillaban con una mezcla indescifrable de furia y preocupación. Su mandíbula estaba tan apretada que parecía hecha de piedra.
—¿Capitán? —conseguí decir, con la voz pastosa y el labio inferior partido doliéndome al hablar. Miré a mi alrededor—. ¿Qué... qué hago aquí?
—El encargado de la lavandería lo encontró inconsciente en el suelo del sótano hace dos horas —respondió Alessandro, poniéndose de pie con lentitud. Caminó hacia la camilla, deteniéndose a un par de pasos, mirándome desde arriba con una severidad implacable—. El médico militar ya lo revisó. Le dio unos analgésicos para el dolor y vendó sus costillas exteriores, asumiendo que esa rigidez que tiene en el pecho era un vendaje previo por el impacto. Tuvo suerte, Vitali. Mucha suerte.
Desvié la mirada hacia las sábanas, apretándolas con los puños. Sentía una humillación tremenda recorriéndome el cuerpo.
Alessandro soltó un suspiro pesado, una exhalación frustrada que rompió el silencio de la enfermería. Apoyó ambas manos en la barra de metal al pie de mi camilla y se inclinó hacia mí. Su tono de voz bajó, volviéndose más duro, pero despojado de la ironía habitual.
—Se lo advertí el primer día, Vitali. Le dije que este lugar no era para usted —sentenció, clavándome una mirada gris que pretendía ser un muro de hielo—. La academia de aviación es un nido de lobos. No bastaba con que yo le exigiera el triple en la pista; era evidente que sus propios compañeros no iban a tolerar su presencia por mucho tiempo. Mírese la cara. Está destrozado. No va a poder subir a un avión en semanas con esas costillas. Debería marcharse. Empanque sus cosas mañana por la mañana y regrese a Turín. Esto es lo más cerca que va a estar jamás del cielo.
Sus palabras pretendían ser una orden ejecutiva, una salida fácil para quitarse de encima la insoportable confusión que mi presencia le provocaba cada vez que me tenía cerca. Sabía que quería que me fuera para no tener que lidiar con lo que sentía.
Pero yo no vi eso. Lo único que escuché fue al hombre que me había prometido hacer de mi vida un infierno, al instructor que juró que haría todo lo posible para sacarme de la academia. La rabia, el dolor físico y la frustración acumulada de ser siempre rechazada por el mundo se unieron en un cóctel amargo dentro de mí.
Me acomodé en la camilla, ignorando el dolor punzante en mi costado, y lo miré directamente a los ojos con una fría y de mi parte venenosa sospecha.
—¿Fueron órdenes suyas, Capitán? —le pregunté en un susurro cortante.
Alessandro se quedó petrificado. Entornó los ojos, sin comprender del todo.
—¿De qué demonios está hablando, Vitali?
—Le estoy preguntando si usted mandó a hacer esto —solté, con la voz temblando de pura indignación, señalándome el labio partido y el rostro magullado—. Usted me juró en su oficina que haría cualquier cosa para romperme el orgullo y obligarme a empaquetar mis cosas. Me dijo que buscaría la forma de sacarme de aquí. ¿Tanto le molestaba que no me rindiera en la pista que tuvo que enviar a tres de sus reclutas más grandes a acorrarme en un sótano para que me molieran a golpes? ¿Ese es su concepto del honor militar, señor?
La acusación cayó en la enfermería como una bomba de tiempo.
El rostro de Alessandro pasó de la sorpresa a una palidez mortal, para luego encenderse en una furia ciega que nunca antes le había visto. Las venas de su cuello se tensaron y sus puños se cerraron con tanta fuerza sobre la barra de metal de la camilla que los nudillos se le pusieron blancos. Dio un paso violento hacia el frente, acortando la distancia entre ambos de una manera tan imponente que yo, por instinto, me encogí contra la almohada.
—¡Retractarse de esa imbecilidad ahora mismo, recluta! —rugió, con una voz que tembló de pura rabia contenida, una voz que habría hecho temblar a un batallón entero—. ¡¿Cómo se atreve a cuestionar mi honor de esa manera?!
El capitán respiraba agitadamente, visiblemente afectado, herido en lo más profundo por mi duda. Que yo pudiera creer, aunque fuera por un segundo, que él era capaz de una bajeza semejante lo golpeó de una forma que no pudo controlar.
—Soy un oficial del ejército italiano, Vitali. Soy un piloto que ha arriesgado la vida en el aire y que respeta el uniforme que lleva puesto —escupió Alessandro, con los ojos fijos en los míos—. Podré ser duro, podré ser implacable, y es verdad que quiero que se largue de mi academia porque considero que no es apto para este estilo de vida. Pero yo juego limpio. Si lo voy a destruir, lo haré en la pista, bajo el sol y frente a todos, exigiéndole disciplina. Jamás, ¿me escucha?, ¡jamás mandaría a tres cobardes a emboscar a uno de mis hombres por la espalda en la oscuridad de un sótano! ¿Quién demonios se cree que soy?
La honestidad de su furia era tan genuina, tan cruda, que me quedé muda. La intensidad de su mirada no dejaba espacio a la mentira; el hombre estaba genuinamente ultrajado y dolido por mi sospecha.
Alessandro se enderezó, apartándose de la camilla como si el contacto conmigo le quemara. Se pasó una mano temblorosa por el rostro, intentando recuperar la compostura militar que yo siempre lograba arrebatarle. Miró hacia la puerta de la enfermería y luego regresó sus ojos grises, ahora teñidos de una fría decepción, hacia mí.
—Iré a mi oficina a redactar el informe —dijo, con una voz que recuperó su gélida distancia habitual—. Mañana a primera hora quiero los nombres de los tres hombres que le hicieron esto. Serán juzgados por el tribunal militar y expulsados de esta institución con deshonor. En mi academia no tolero a los cobardes. Ni en mis filas... ni en mi camilla. Descanse, Vitali. Mañana decidiremos su futuro.
Sin esperar una respuesta, dio media vuelta, haciendo resonar sus botas con fuerza contra el suelo, y salió de la enfermería dando un portazo que hizo vibrar los cristales.
Me quedé sola, mirando la puerta cerrada. Me toqué el labio partido con los dedos, sintiendo que el corazón me latía con fuerza. El capitán no había sido el autor del ataque; de hecho, me había defendido. Pero mientras el dolor en mis costillas comenzaba a ceder gracias a la medicina, una nueva y peligrosa certeza se instaló en mi mente: la batalla por quedarme en la academia iba a ser brutal, pero el verdadero peligro era el fuego que se encendía entre él y yo cada vez que estábamos en la misma habitación.







