Mundo ficciónIniciar sesiónNarrado por Francesca
El repicar de las gotas de lluvia contra las láminas de zinc del hangar comenzó justo a la medianoche. La tormenta de verano avanzaba con rapidez sobre Turín, transformando el aire de la academia en una masa húmeda, densa y sofocante que parecía adherirse a las paredes. No podía dormir. El dolor de mis costillas fisuradas se había vuelto un malestar tolerable, pero la adrenalina pura que todavía me recorría las venas tras mi inesperado triunfo en la pista de aterrizaje no me dejaba descansar. Tenía los ojos abiertos en la penumbra del barracón, escuchando la respiración acompasada de los demás reclutas, sintiéndome atrapada. Necesitaba aire. Con sumo sigilo, me ajusté la camisa del uniforme sobre las tiras de lino que aprisionaban mi pecho, contuve un quejido y me escabullí hacia el cobertizo de herramientas contiguo a los hangares, un lugar que a esa hora de la madrugada solía estar completamente desierto.
Me apoyé contra una pesada mesa de madera, contemplando a través de la puerta abierta cómo la cortina de agua borraba por completo la silueta de los aviones estacionados en la pista. El viento soplaba con fuerza, colándose en el refugio y salpicándome el rostro con gotas frías que aliviaban el ardor persistente de mi labio partido. Por un segundo, me permití olvidar dónde estaba.
—¿Es que no sabe lo que significa la palabra toque de queda, Vitali?
La voz profunda, grave y gélida llegó desde la esquina más oscura del cobertizo, mezclándose de forma tétrica con el rugido de un trueno lejano. Me giré de golpe, ahogando una exclamación cuando el dolor en mi costado protestó por el movimiento brusco.
El Capitán Alessandro Rossi dio un paso al frente, emergiendo de la penumbra como un fantasma de mi propia culpa. No llevaba su habitual chaqueta militar de gala; solo vestía una camisa blanca totalmente empapada por la lluvia que se pegaba de forma obscena a los marcados músculos de su torso y a sus hombros anchos, y los pantalones oscuros del uniforme de servicio. Tenía el cabello oscuro desordenado y chorreando agua, y sus ojos grises brillaban con una intensidad peligrosa, casi salvaje, bajo la escasa luz del lugar.
—Capitán... —conseguí decir, intentando recuperar mi voz grave mientras daba un paso atrás, pero mi espalda chocó de inmediato contra el borde de la mesa de madera. Estaba atrapada.
Alessandro avanzó con brusquedad, acortando la distancia entre nosotros en un segundo. Estaba furioso, podía sentir la vibración de su rabia en el aire. Había pasado las últimas horas encerrado en su oficina de la comandancia, bebiendo café amargo y tratando inútilmente de arrancarse de la cabeza la mirada de este supuesto "muchacho". La brillantez con la que yo había respondido en la pista de motores lo había dejado expuesto ante toda la unidad, pero lo que realmente lo estaba volviendo loco era la persistente, indecente y confusa atracción que sentía cada vez que me tenía cerca. En la Italia de los años cincuenta, bajo el estricto orden militar y moral, esos pensamientos hacia otro hombre eran un pecado mortal, una enfermedad de la mente que podía costarle la corte marcial, la expulsión y el deshonor eterno para su apellido.
—Estoy harto de sus juegos, Vitali —siseó Alessandro, plantando ambas manos a los lados de mi cuerpo sobre la madera, acorralándome por completo. Su aliento cálido, con un leve rastro de tabaco y café, rozó las facciones de mi rostro—. Estoy harto de su insolencia, de su debilidad disfrazada de orgullo y de la maldita forma en que me desafía con la mirada cada vez que le doy una orden. ¿Qué es lo que busca aquí? ¿Pretende burlarse de mí? ¿De esta academia?
Sentía el calor casi abrasador que emanaba de su cuerpo empapado. La cercanía era asfixiante, abrumadora, borrando cualquier rastro del frío de la tormenta. Las gotas de agua resbalaban por el cuello de Alessandro, perdiéndose en el pecho de su camisa ligeramente entreabierta. Mi pulso se disparó, golpeándome los oídos, pero en lugar de acobardarme ante la imponente y peligrosa figura de mi instructor, una chispa de audacia puramente rebelde se encendió en mi interior.
Él me miraba con una mezcla de odio, confusión y desesperación, respirando de manera agitada. Seguía absolutamente convencido de que tenía delante a un recluta problemático, a un chico arrogante que ponía a prueba su cordura y su estricta moral militar. Alessandro Rossi no tenía la menor sospecha de mi verdadera identidad; no sabía que yo era una mujer.
Al darme cuenta de mi absoluta ventaja sobre su mente torturada, una sonrisa lenta, ladina y sumamente sensual dibujó mis labios partidos. Aquella expresión, tan ajena al comportamiento de un soldado, descolocó por completo al capitán, deteniendo su discurso de reproches en seco. Sus ojos grises se fijaron en mi boca con un destello de puro desconcierto.
Antes de que Alessandro pudiera procesar el cambio en mi actitud, me impulsé hacia el frente, rodeé el cuello del capitán con mis manos curtidas por el trabajo del hangar y uní mis labios a los de él con una desesperación contenida que ya no pude frenar.
El impacto sumió a Alessandro en un estado de shock absoluto. Pude sentir cómo sus ojos se abrían de par en par, paralizado por la confusión y la audacia del acto. Sus manos quedaron suspendidas en el aire, incapaces de apartar al "muchacho" que lo desafiaba o de corresponder el gesto. Pero el shock duró apenas un segundo. El contacto de mi boca, suave a pesar de la herida del labio, encendió un interruptor oculto y perverso en el interior del capitán. Todo el fuego reprimido durante semanas, los días de tensión silenciosa y el deseo prohibido que se negaba a admitir estallaron con la fuerza destructiva de la tormenta que arreciaba afuera.
Alessandro soltó un gemido ahogado contra mis labios y, perdiendo el control de su sagrada disciplina por completo, me sujetó de la cintura con un agarre de hierro, pegando mi cuerpo contra el suyo con una brusquedad que me hizo contener el aliento, mientras profundizaba el beso con una ferocidad hambrienta, posesiva y salvaje. Dentro del cobertizo el aire parecía arder. Nuestras lenguas se encontraron en una batalla de posesión y entrega que desafiaba cualquier rastro de lógica, moral o rango militar.
Fue en medio de esa vorágine de sensaciones cuando sentí la inequívoca y brutal reacción del cuerpo del capitán. A pesar del grueso uniforme y de las vendas que comprimían mi pecho, la presión firme de la pelvis de Alessandro contra mis muslos delató una excitación violenta y primitiva. El hombre que tanto me despreciaba, el instructor casado que intentaba destruirme para salvar su propia reputación, estaba completamente entregado y de rodillas ante el deseo que yo misma había provocado.
Esa repentina oleada de poder y la conciencia de lo que acababa de desatar me llenaron de un pánico gélido. El miedo súbito a que sus manos de hierro se deslizaran por mi torso húmedo y descubrieran el secreto de las vendas en mi pecho me obligó a reaccionar.
Con un esfuerzo supremo, apoyé las palmas en su pecho empapado y lo empujé con todas mis fuerzas, rompiendo el beso de golpe. Ambos nos quedamos jadeando en la penumbra, con los labios encendidos y los pechos subiendo y bajando con violencia debido a la falta de aire. Alessandro me miraba con los ojos nublados por la lujuria y la confusión, completamente desarmado, con la respiración rota y la compostura militar hecha pedazos.
Sin darle tiempo a reaccionar, a procesar la culpa o a pronunciar una sola palabra que pudiera delatarme, me agaché esquivando su brazo y corrí hacia la salida del cobertizo. Me adentré sin mirar atrás en la densa cortina de lluvia nocturna, cruzando la pista a toda prisa, ignorando el dolor punzante en mis costillas, hasta perderme en la penumbra protectora de los barracones.
Alessandro se quedó solo en el cobertizo, apoyado contra la mesa de madera, con el sonido de la tormenta como único testigo. Pasaron varios segundos antes de que la frialdad de la lluvia que entraba por la puerta abierta comenzara a despejar la densa neblina de su mente. Se tocó los labios con los dedos temblorosos, sintiendo aún el sabor metálico de mi sangre mezclado con el agua de la tormenta.
De pronto, la realidad de lo que acababa de suceder le cayó encima como una losa de cemento ardiente. Había besado a un recluta. Había correspondido con pasión el beso de un hombre de sus filas, rompiendo sus votos matrimoniales, su honor militar y todas las leyes de Dios y de los hombres de la Italia de 1952.
Una furia ciega, destructiva y ponzoñosa comenzó a hervirle en la sangre con una fuerza peligrosa. No era solo rabia hacia "Francesco Vitali" por haber tenido la osadía de tocarlo de esa manera; era una furia descontrolada hacia sí mismo por haber disfrutado del beso con cada fibra de su ser, y por seguir sintiendo el eco de la excitación recorriéndole el cuerpo. Con un grito de rabia contenida que se ahogó en el trueno, Alessandro lanzó un puñetazo salvaje contra una de las cajas de herramientas de metal, haciendo saltar los tornillos por el suelo.
La tormenta seguía rugiendo con fuerza en el exterior, pero el verdadero infierno acababa de desatarse en el pecho del Capitán Rossi, y juró que el recluta Vitali pagaría muy caro el haberlo hecho caer en la tentación.







