Mundo ficciónIniciar sesiónNarrado por Francesca
El eco del portazo del Capitán Rossi continuó vibrando en los cristales de la enfermería mucho después de que sus pesadas botas militares se alejaran por el pasillo. Me quedé completamente sola en el silencio sepulcral del recinto, con la mirada fija en la madera de la puerta. Con la punta de los dedos, rozé con suavidad mi labio partido, sintiendo el latido acelerado y violento de mi propio corazón. Alessandro no había ordenado la paliza. Su furia indomable ante mi acusación había sido demasiado real, demasiado limpia; un hombre que manda a tres matones en la oscuridad no carga con ese ultraje herido en los ojos. Me había defendido, a su manera implacable, pero me había defendido.
Un gemido sordo se me escapó de la garganta cuando intenté acomodarme de lado sobre la estrecha camilla. El efecto de los analgésicos que el médico militar me había suministrado empezaba a estabilizarse, pero el dolor en mis costillas seguía siendo un recordatorio constante de mi fragilidad física ante los brutos de la promoción. Sin embargo, lo que realmente me asfixiaba en ese instante no era el vendaje exterior que el doctor me había colocado sobre el uniforme, sino la absoluta certeza de que el verdadero peligro no venía de Marco y sus secuaces, sino del incendio que se desataba entre el capitán y yo cada vez que compartíamos el mismo espacio.
La noche avanzó con una lentitud insoportable. Apenas pegué el ojo, temerosa de que algún enfermero de guardia entrara a revisar mi estado y decidiera que era una buena idea desvestirme para cambiar los apósitos. Cada crujido de la madera exterior me ponía en alerta, obligándome a mantener la mano derecha firme sobre el cuello desabotonado de mi camisa, resguardando el lienzo blanco que ocultaba mi verdad.
Al amanecer, la luz grisácea del invierno alpino se coló por los ventanales de la enfermería. No tuve que esperar demasiado. A las seis en punto, la puerta se abrió de par en par y la figura imponente de Alessandro Rossi recortó el umbral. Vestía el uniforme de servicio perfectamente planchado, sin una sola arruga, y traía una carpeta de cuero oscuro bajo el brazo. Su rostro era una máscara de absoluta frialdad; había recuperado la gélida distancia militar, sepultando cualquier rastro de la turbación de la noche anterior.
—Siéntese, Vitali —ordenó con voz cortante, sin mirarme directamente a los ojos mientras arrastraba la silla de madera para colocarse frente a la camilla.
Me incorporé despacio, conteniendo la respiración para mitigar el pinchazo agudo en mi costado, y apoyé la espalda contra la cabecera metálica.
—Capitán —dije, manteniendo el tono rasposo y grave que ya salía de mi garganta de manera casi instintiva.
Alessandro abrió la carpeta sobre sus rodillas y sacó una pluma estilográfica. Sus ojos grises finalmente se clavaron en los míos, tan duros y fijos como dos piedras de río.
—Quiero los nombres. Ahora mismo —sentenció, con una calma que resultaba más amenazante que cualquiera de sus gritos en la pista—. No voy a tolerar que la escoria que ataca por la espalda ensucie el nombre de la aviación italiana. Diga los apellidos de los tres reclutas que lo emboscaron en el sótano y yo mismo me encargaré de que firmen su baja deshonrosa antes del mediodía.
Tragué saliva, sintiendo la boca seca. Sabía perfectamente lo que el reglamento dictaba y el castigo que esos infelices merecían por haberme molido a golpes. Pero mientras miraba la rigidez de Alessandro, una fría y calculadora lucidez me golpeó la mente. Si delataba a Marco y a los otros dos, toda la academia sabría que el "débil" Francesco Vitali había tenido que recurrir a la protección del instructor principal para librar sus batallas. Me convertiría en un paria, en el blanco de las burlas de todo el batallón, y los mecánicos del hangar, los únicos que me respetaban por mis habilidades técnicas, me mirarían con desprecio. Peor aún: Alessandro tendría la excusa perfecta para demostrar que yo no podía defenderme sola en este nido de lobos.
—No sé de qué nombres me habla, Capitán —respondí, sosteniéndole la mirada con una firmeza que me costó hasta la última pizca de orgullo.
Alessandro detuvo el movimiento de la pluma en el aire. Sus cejas se juntaron en una línea recta y peligrosa.
—No juegue conmigo, recluta —advirtió, y su voz bajó una octava, volviéndose densa—. Lo encontraron inconsciente, con el rostro ensangrentado y el cuerpo magullado. Usted mismo me acusó anoche de haber enviado a tres de los hombres más grandes de la compañía. Sé que sabe quiénes son. Déme los nombres.
—Me caí, señor —mentí descaradamente, apretando los puños debajo de la sábana limpia—. Los sacos de lona de la lavandería eran demasiado pesados. Resbalé en los escalones del sótano debido a la humedad del cemento y rodé hasta el fondo. El impacto contra las tinas de hierro me causó las lesiones en las costillas y el corte en el labio. No hubo ninguna emboscada.
El silencio que siguió a mis palabras fue tan denso que casi podía escucharse el paso del viento helado contra los cristales. Alessandro cerró la carpeta de cuero con un golpe seco que resonó en toda la pequeña habitación. Se puso de pie con una lentitud que me erizó los cabellos de la nuca y caminó hasta quedar justo al lado de mi camilla, inclinándose tanto que pude percibir de nuevo el aroma cítrico de su piel, mezclado con el olor a tabaco limpio de su uniforme.
—¿Me está tomando por estúpido, Vitali? —siseó entre dientes, y sus ojos grises chispearon con una furia contenida que me aceleró las pulsaciones de una manera alarmante—. Sé reconocer las marcas de unas botas militares en las costillas de un hombre. Sé perfectamente que está protegiendo a los bastardos que lo arrastraron por el suelo. ¿Por qué demonios lo hace? ¿Por qué prefiere guardar silencio ante una agresión semejante?
—Porque no necesito que nadie libre mis batallas, Capitán —le repliqué, olvidando la sumisión y encarándolo a escasos centímetros de su rostro, sintiendo la descarga eléctrica de nuestra cercanía—. Si esos hombres creen que me van a sacar de aquí a golpes, se equivocan. Si yo acuso a esos reclutas, el resto de la compañía me verá como un cobarde que busca el cobijo de sus superiores. Y yo vine aquí a demostrar que puedo volar, no a pedir compasión. Ganaré mi lugar en la pista, con las costillas rotas o enteras, pero bajo mis propios términos.
Alessandro se quedó de piedra, mirándome con una mezcla de absoluto asombro y una turbación profunda que no logró camuflar a tiempo. La determinación en mis ojos oscuros pareció desarmar por completo su rígida estructura militar. Pude notar una pequeña vibración en su mandíbula, como si estuviera librando una guerra interna entre el oficial que debía imponer la disciplina y el hombre que se sentía inexplicablemente atraído por la indomable y feroz valentía que emanaba de mi menudo cuerpo.
Dio un paso atrás, apartándose como si mi proximidad física fuera un peligro del que necesitaba huir para salvar el pellejo. Se pasó la mano por el cabello oscuro, dándome la espalda por unos instantes mientras respiraba de forma agitada.
—Es un imbécil testarudo, Vitali —dijo finalmente, con una voz que recuperó a duras penas su gélida distancia habitual, aunque el tono seguía sonando extrañamente ronco—. Si decide callar, se atendrá a las consecuencias. No habrá consideraciones especiales para usted. El médico le dará el alta mañana para que regrese a los barracones, pero le prohíbo terminantemente subir a la cabina de un avión hasta que esas costillas estén completamente soldadas. Hará el trabajo de tierra de los mecánicos y asistirá a las clases teóricas.
Se caminó hacia la puerta de la enfermería, pero antes de salir, se detuvo con la mano puesta sobre el picaporte de bronce y me miró de reojo sobre el hombro.
—Si cree que este silencio le ganará el respeto de alguien, se equivoca. Solo ha conseguido que vigile sus pasos con el triple de severidad. No me gustan los mártires en mis filas.
La puerta se cerró tras él con la misma firmeza de siempre. Me recosté de nuevo en la camilla, exhalando el aire que no sabía que había estado conteniendo. El dolor físico en mi costado era real y agudo, pero la chispa de mi rebelión interna seguía intacta. Alessandro Rossi pretendía doblegarme con su distancia y sus órdenes, pero yo no me iba a marchar de Turín para ser la muñeca silenciosa de nadie. La guerra continuaba, y el cielo seguía esperando por mí.







